Opinión
Moción de CC

Pedro Sánchez. / José Luis Roca
Es decir, de censura o de confianza.
La política española ha llegado a tal extremo de vileza que resulta imposible humillar más a la ciudadanía. Tales han sido los desmanes conocidos que nuestros gobernantes han perpetrado con nuestros impuestos.
Una moción es una petición formal que se presenta con el objeto de tomar una decisión, tras deliberar al respecto.
Si el presidente toma la iniciativa y requiere al Congreso de los Diputados para que refrende la gestión de su gobierno, se trata de una cuestión de confianza.
Imaginemos a P.S. (Pedro Sánchez) que desde la tribuna de oradores anuncia una batería de medidas coercitivas y limpia el gobierno de amigos de lo ajeno. Él también abandona la Moncloa. El Gobierno se dignificaría con una persona socialista nueva al frente de un ejecutivo decente y al servicio del pueblo. Con los primeros presupuestos de la legislatura aprobados, cabría platearse hasta su propio regreso a la presidencia en un futuro no tan lejano.
Esto pasó en nuestra bendita tierra cuando, en 1988, Fernando Fernández (CDS) presentó una cuestión de confianza, que perdió. Obligado a dimitir, fue Olarte, compañero de partido, quien accedió a la presidencia de Canarias. Conocer la historia reciente ilumina posibles salidas (cuidado, que no es lo mismo la memoria de la democracia que «memoria democrática»).
Puede, sin embargo, que el pasado le persiga. La oposición actual le devolverá (cuando gobierne) la carta del menú de «dorada» que Pedro sirve a Alberto en cada plenario.
Otra posibilidad la ofrece la moción de censura. Pero los partidos que llenan el Hemiciclo no toman iniciativa, por diferentes razones. Unos advierten que los apoyos previsibles no suman suficiente. Otro motivo es que la derecha «da grima» a toda la izquierda (también a la «derecha independentista»).
Resta un último camino: una moción instrumental. La persona elegida para tamaña empresa necesitaría la confianza tanto a diestra como a siniestra del Congreso. Se habría de entender con los nacionalistas vascos, catalanes y gallegos. No podría resultar incómoda a los separatistas. Su misión sería única. Tras ser elegida, de inmediato, convocaría elecciones.
La persona óptima conduce a la moción CC (moción Coalición Canaria); con un nombre muy válido: Cristina Valido.
CC ha gobernado en Canarias con el PP y con el PSOE. Sirve para cualquier golpe de timón a babor o estribor. Con principios comunes con los nacionalistas, con quienes ha llegado a acuerdos, no resulta molesta. Para los separatistas y republicanos catalanes, no levanta ninguna sospecha.
El perfil de Valido podría aglutinar una supermayoría que devolviera la voz a una España espantada y hastiada de tanta chistorra y lechuga sustraída a la educación, sanidad, dependencia, trenes, carreteras, seguridad, pantanos, embalses y un etcétera muy largo.
Aunque sea sólo por un día, sería la primera presidenta mujer de nuestro País en toda su historia. Y, además, canaria. La diputada que se habría atrevido a sacar a Sánchez de su confort inaudito. Una heroína. Toda una patriota.
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