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Opinión | Notas del móvil

La violencia siempre pesa más para el que habita los márgenes

Unos elementos de mobiliario urbano en La Cuesta.

Unos elementos de mobiliario urbano en La Cuesta. / El Día

Siempre me llamó la atención, por el terrible prejuicio de verla, a pesar de su situación, arreglada. Al principio solo la noté a ella. Las bolsas de mercado apoyadas en el suelo, las mantas bien dobladas al borde del banco, sus pertenencias aglomeradas debajo, y ella sentada, viendo pasar al resto, hablando con alguien o incluso, a veces, recostada descansando. Con el tiempo caí en la cuenta de que no estaba sola, un hombre la acompañaba siempre. Compartían pertenencias, comida y, por lo tanto, el banco.

Nunca supe bien cómo funcionaba aquello: si uno dormía ahí y el otro en otro lado, si compartían el poco espacio que ofrecía el banco, o si simplemente esa era su base de operaciones y buscaban dónde pasar la noche más refugiados.

El punto es que el banco pasó a ser su espacio de resguardo, su espacio que habitar, su intento de hogar, porque no podemos llamar ‘hogar’ a algo que no es digno y que no va de la mano con el derecho a la vivienda presente en la constitución. No está bien romantizar esas cosas.

El otro día, iba caminando por la rambla y, al buscarlos con la mirada, no pude evitar darme cuenta de que el banco había sido sustituido por cuatro banquitos individuales con una moderada distancia entre ellos. Era por la mañana. El cemento, o el material que usan para pegar las sillas al suelo, estaba fresco, claro. El cambio se hizo para que nadie realmente lo viera, porque habitar los márgenes es eso: si no te da la luz del día, no existes.

Quiero pensar que las dos personas fueron atendidas. No debería ser menos teniendo en cuenta que Santa Cruz presume de ser el municipio de Canarias que más recursos destina al sinhogarismo. Pero también elijo pensar que se le debería caer la cara de vergüenza al que eligió que el banco debía ser sustituido por cuatro individuales. Porque no tenemos suficiente con la situación como esta, donde la gente no llega a fin de mes, donde cada vez es más difícil pagar el alquiler, donde la posibilidad de acabar en la calle se vuelve realidad para muchos, que además tenemos que hacer que esa calle sea aún más hostil.

La violencia siempre pesa más para el que habita los márgenes, porque esta se imparte durante la noche, cuando nadie ve. Pesa más porque quien los habita representa un problema para el que no se plantea una solución a su beneficio, sino una solución que se acomode a aquellos que caminan por el día, que se mueven en la ilusión de estar amparados, y que se quejan de una condición que solamente el privilegio les permite ver como ajena.

Habitar un espacio, existir en la condición de cada uno, no es un crimen. Lo que sí debería serlo es ocupar una posición de poder y solo velar por aquellos que necesitan menos ayuda. Porque sus necesidades son más fáciles de atender, lo que no significa que sean de más peso.

Siempre he sido de los que piensan que la ‘molestia’ (la que no atenta realmente contra nadie) que generan las personas sin hogar es una forma más de ocupar un espacio hecho para todos. Así que a aquellos a los que les molesta la víctima y no el sistema que prolifera el daño, a aquellos que consideran que gente existiendo es sinónimo de un ambiente perturbado, que cierren los ojos. De igual manera, antes no estaban viendo nada.

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