Opinión

Periodista y escritora
Rezar, esconder y castigar

El papa León XIV oficia la santa misa en el Puerto de Santa Cruz de Tenerife, el acto litúrgico con el que cierra su visita a España
La iglesia no se moderniza y el papa no es progresista. Detrás del gran despliegue para la visita de León XIV -plagada de conciertos, fanzones y merchandising- hay un punto clave que no debemos eludir: pretende venderse como una institución pacificadora frente a una realidad política convulsa sin enfrentarse al legado de torturas, pederastia, terapias de conversión y robo de bebés que la precede. Defender los derechos de las personas migrantes o predicar en contra la crispación no es la bandera del progreso que muchos identifican; solo nos hemos acostumbrado demasiado a los discursos deshumanizadores. Para ser progresista hace falta un cambio muy profundo que la iglesia y su máximo representante no están dispuestos a materializar.
Debemos recordar que se trata de una institución homófoba y machista que en esta visita a España se ha reafirmado en la condena del aborto y la eutanasia. El papa se ha pronunciado nada menos que en el Congreso de los Diputados, un espacio donde ni pincha ni corta, para criticar unos derechos que están reconocidos en este país. El derecho a la vida que tanto quiso defender queda completamente vacío de significado sin la dignidad de la maternidad planificada, la libre elección sobre el propio cuerpo y la muerte sin un sufrimiento innecesario. Dignidad también significa reconocer y reparar a las mujeres víctimas de torturas y permitir a los bebés robados, que ya son más que adultos, acceder a los archivos sobre sus casos.
Buena parte del discurso papal a lo largo de estos días ha estado protagonizado por alegatos que hablan de la unidad, la hermandad y el respeto en términos generales, pero su pronunciamiento sobre los casos de pederastia en la iglesia sigue sabiendo a poco. Sus declaraciones, además, dejan un regusto eufemístico de quien tiene el compromiso de decir algo, pero quiere salir del paso sin mojarse demasiado. No son «heridas», «plagas» o «momentos de oscuridad»: se llama abuso y pederastia.
El Defensor del Pueblo cifra en 440.000 las víctimas de violencia clerical que hay en España. Los abusos se han reproducido estructuralmente durante mucho tiempo bajo el paraguas de un sistema que no solo ha evitando castigarlos, sino que, encima, los ha escondido. La iglesia sí castiga, por el contrario, la unión de personas que tienen la edad y las capacidades para consentir.
El papa se ha reunido con un grupo reducido de víctimas en un encuentro silencioso y privado, apartado de la atención mediática y las polémicas. Esa es la prueba de que no se está haciendo lo suficiente por reparar los daños y prevenir que se sigan reproduciendo. Y no lo digo solo yo; lo dicen las propias víctimas. Así se lo afirmó Miguel Hurtado: «Hay víctimas como yo que hemos decidido denunciar públicamente los abusos que hemos sufrido porque queremos un cambio estructural y sistémico. No queremos solo buenas palabras, sino acciones contundentes. Con estos activistas el papa no se quiere reunir porque sabe que le haríamos preguntas muy incómodas que no quiere contestar».
La iglesia no pretende modificar lo que le ha funcionado durante siglos. Solo se adapta a los nuevos tiempos con una cara repintada, abanderando la juventud que arrastra, sin cambiar un ápice de sus cimientos. Pero, conociendo la historia de esta institución, sus pretensiones no son chocantes: más que un centro espiritual, se ha erigido durante mucho tiempo como un organismo para controlar la moralidad, el pensamiento y las acciones de la población.
Soy una persona atea, y por eso creo en la libertad religiosa. Pienso que la fe es algo muy personal que se manifiesta de millones de maneras distintas, por lo que cada religión tiene un gran universo de entendimientos. No creo, por ese motivo, que se deba aglutinar con un catalizador lo que se entiende por «bueno» o «moral» dentro de una creencia; menos todavía si son cuestiones que nada tienen que ver con la fe. Para eso tenemos criterio, raciocinio y la responsabilidad ciudadana de informarnos. Y eso no tiene nada que ver con la religión.
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