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Opinión | Claroscuro

De dónde somos

Ascensión Robayna en Masdache.

Ascensión Robayna en Masdache. / Volker Gehrmann

Cuando era pequeña, cada vez que me preguntaban de dónde era respondía sin dudar: de Lanzarote. Mi madre siempre me corregía. Me explicaba que de Lanzarote era ella, y gran parte de mi familia, pero que yo había nacido en Tenerife. No lo entendía. ¿Por qué no podía ser yo también de Lanzarote?

Después de pasar allí todos los veranos de mi infancia, semanas santas, muchas Navidades y buena parte de los momentos que más recuerdo, comprendí que el lugar en el que nacemos no siempre coincide con el lugar que nos pertenece. Hay territorios que uno hereda y otros que, con el tiempo, aprende a hacer suyos. Y hay quien tiene un pueblo al que volver en vacaciones y quien tiene toda una isla.

Hoy sé que una parte importante de mí es conejera. Cada vez que regreso siento una calma difícil de explicar, esa sensación de serenidad que solo aparece cuando te tumbas al sol sobre la tolla después de salir del mar. No importa cuánto tiempo haya transcurrido ni cuántos kilómetros me separen de la isla. Lanzarote sigue siendo uno de esos lugares que forman parte de quien soy.

He vuelto a recordar esas escenas que tanta gracia le hacían a mi madre leyendo Regresar a Lancelot. Su autor, Fabio Carreiro Lago, es originario de Vigo, pero el azar -un azar que no explica el libro- lo llevó a vivir en nuestras islas muy pronto. Su novela es un viaje sentimental por una de ellas, Lanzarote, que él también ha aprendido a hacer suya. Lo ha hecho a través de sus propias experiencias -lleva años residiendo allí-, pero también gracias a Agustín Espinosa y a su Lancelot 28º - 7º. A veces, por casualidad, encontramos un lugar, que puede ser físico o no, que explica quiénes somos o quiénes queremos ser. Es difícil no reconocerse en ese país con fronteras propias que es la infancia, pero también es inevitable anclarse a aquel territorio en el que encuentras un terreno lo suficientemente fértil como para echar raíces y brotar. Hay lugares que, para bien o para mal, nos son impuestos. Sin embargo, en ocasiones tenemos la fortuna de elegir el sitio en el que a veces seremos felices y a veces no, pero que es el lugar en el que sabemos que querremos intentar empezar una y otra vez.

Las páginas de Regresar a Lancelot me han convencido de que Fabio y Agustín se conocieron, que estos dos docentes que recalaron en mi querida isla fueron amigos. El tiempo no los colocó en la misma época y en el mismo contexto -el Arrecife multicultural de Fabio no se parecería en nada al Arrecife de principios del siglo XX de Agustín-, pero los paralelismos de sus vidas -hasta dieron clase en el mismo instituto-, las ficciones que Fabio imagina para él en sus páginas, las cariñosas y repetidas lecturas que hizo de su obra, sostienen esa amistad y la hacen capaz de sortear los límites que establecen la lógica y los calendarios.

Quizás por eso, antes de llegar al final, el lector ya sabe que ambos autores podrían haber coincidido en sus prejuicios sobre Arrecife y calificarlo con los mismos adjetivos -«un pueblo tímido, chato, sin color», «asustado», «con miedo al mar»-. Y, por supuesto, que para rectificar se habrían dotado de las mismas herramientas: observación, extrañamiento, un cuaderno de campo.

No sé si es posible habitar el mito, como plantea la contraportada de Regresar a Lancelot. Pero para mí su lectura, que no elude los claroscuros propios de una isla turística o los problemas de vivienda, ha sido una forma de hacerlo. Ha sido la excusa perfecta para volver a recorrer mi infancia y mi adolescencia, para regresar a un tiempo sin calendario, en el que los días parecían tener más de veinticuatro horas y las normas eran siempre un poco más flexibles; un lugar donde la vida se mostraba antes, a la vez más accesible y más temeraria.

Mientras leía, me he visto acortando camino por el callejón que daba a la Plazuela, comiendo un helado de La Salud, la heladería de mi abuelo; montándome en los cochitos de San Ginés; haciéndome otro agujero en la oreja sin permiso; corriendo detrás de un sombrero en Famara; desayunando un bocadillo de pescado en El Charco; acampando en Papagayo y tantas otras cosas. He cerrado el libro con una sonrisa y con la certeza de que mi madre, después de todo, nunca tuvo razón.

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