Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Punto de Vista

La bendición incómoda

Madrid. 06.06.2026. El Papa León XIV en la Plaza de Lima

Madrid. 06.06.2026. El Papa León XIV en la Plaza de Lima / José Luis Roca / PIM

Ponerse en la piel del otro es un acto básico de empatía que se ha perdido en la selva del individualismo. Desde la comodidad del sillón, nada nos afecta. Total, son pueblos lejanos acostumbrados a las penurias. Son negros. Si fueran rubios de ojos azules, no nos fastidiaría tanto. La llegada del papa León XIV ha supuesto la bendición incómoda para muchos sorprendidos con un discurso que humaniza el principal objeto de la crítica de un importante sector de la población: la migración. Hay toda una industria política construida sobre el miedo al migrante, sobre la estadística como arma arrojadiza, sobre el «no podemos con todos». Tienen sus portavoces, sus gráficos de barras, sus titulares. Y ahora tienen un problema: el papa les lleva la contraria. Ya ir a misa a canjear los pecados no es tan gratuito después de escuchar las palabras del pontífice. Hemos elevado lo normal a la categoría de excepcional, pero no queda otra opción en una sociedad tan distópica como la nuestra. Con toda la autoridad moral de su cargo, arengó a que, antes de calcular el coste económico de acoger a alguien, hay que mirarlo a los ojos. Eso es exactamente lo que los ultras de toda Europa -y los que hay en casa- no quieren hacer. Mirar a los ojos. La trampa intelectual de los populismos identitarios es siempre la misma: abstraer al migrante. Convertirlo en concepto, en porcentaje de saturación, en dato del Ministerio del Interior. Porque si lo conviertes en dato, puedes gestionarlo políticamente. Pero si lo conviertes en persona, tienes que responderle con humanidad. Y eso es mucho más difícil y mucho más incómodo. El papa viene a Canarias a hacer exactamente eso: a poner nombres donde hay números. Y es una cuestión que deja sin argumentos a los radicales. En tu casa te dicen que lo que estás haciendo está mal. Tiene que ser complicado de asumir. Los paradigmas son así de indigeribles, más si cabe, cuando trastocan parte de una práctica interiorizada. Que ese recordatorio resulte incómodo para algunos dice mucho más de ellos que del papa. Mi vecino Roberto, un defensor a ultranza del líder de un partido que es católico divorciado, militarista sin haber hecho mili y odiador del migrante con perfil del emir omeya de Córdoba, está confundido y cabreado. Ayer me dijo que el papa era comunista, como el otro. Es impresionante ver cómo se pelean entre ellos, cómo las contradicciones aparecen en escena. Lo fastidiaron porque le quitaron esa venda voluntaria que puebla su corto recorrido. Había que verle la cara al líder ultra del partido con nombre de diccionario. Su gesto lo decía todo. El jefe de la Iglesia les había dicho que estaban equivocados. Es más fácil señalar a quien llega en una patera que explicar por qué faltan viviendas asequibles. Es más fácil culpar al inmigrante que abordar las desigualdades estructurales. Es más rentable electoralmente buscar un enemigo que ofrecer soluciones. El papa viene a decirnos eso. Si así cambia un solo discurso, un solo titular, una sola ley, ya habrá valido la pena el viaje.

Tracking Pixel Contents