Opinión | El recorte
Cuando se apaguen los focos

El papa León XIV a su paso por Vegueta / Andrés Cruz
El viaje del papa León XIV a Canarias se convirtió en un viaje a España. En un chorro de aire fresco para un presidente de Gobierno asfixiado por los escándalos judiciales. En una luz de gas que se elevó a la enésima potencia, invitando a un líder religioso a que impartiera doctrina de fe en el Congreso de los Diputados. En un espacio promocional para el presidente Salvador Illa, en quien Sánchez abdicó el protagonismo de la recepción. Lo que no pasó en Madrid. Y no pasó en Canarias. No por casualidad.
Estamos, entonces, en el fin del viaje. Prevost pasará por el muelle de la vergüenza, en Arguineguín, y logrará el milagroso evento de que Sánchez y sus ministros vayan a donde nunca fueron y sepan lo que nunca quisieron saber. Ciento sesenta mil migrantes después, veintiséis mil víctimas muertos, los muy humanitarios gobernantes peninsulares se pondrán delante de las cámaras de televisión de medio mundo para disfrutar de sus minutos de gloria celestial. Tendrán que escuchar a un papa pidiendo un trato solidario para los desesperados, pero es un precio razonable a cambio de la publicidad.
Pero recuerden el volcán de La Palma. Cuando la tierra rugió, escupiendo fuego y escorias a las alturas, Sánchez y sus ministros peninsulares vinieron mil veces y se desvivieron hablando hasta por los codos ante los medios de comunicación que acudieron al espectáculo como moscas a la miel. Cuando se apagaron los focos todos los mochuelos se fueron a sus olivos. Y aquí se quedaron los de siempre. Ocho colillas en el cenicero del Atlántico.
Hay que agradecer al papa de los católicos su buena voluntad. Y que haya aceptado incluir estas Islas lejanas en su viaje. Pero tengo serias dudas sobre su mensaje. Es muy fácil decir lo que se debe hacer cuando tú no lo haces. Cuando no tienes ninguna responsabilidad.
León XIV debería saber que las masivas llegadas a Canarias no son una casualidad. Que esas autoridades que han estrechado babosamente su mano fueron las que blindaron el acceso a la Península y al territorio continental. Que cerraron la ruta del Estrecho y el Mediterráneo, incluso con el uso de buques de la armada española. Y que fue esa decisión la que dejó abierta, como única vía de llegada a suelo europeo, la ruta más mortal del mundo: la que viene desde el África subsahariana hacia Canarias. Muchos de los cadáveres que alfombran el océano cercano se deben a esa decisión.
La Unión Europea ha establecido nuevas regulaciones. Si el Estado no despliega en Canarias una nueva inversión en medios humanos, técnicos e infraestructuras, es posible que volvamos a petar ante un incremento en el flujo migratorio irregular. Los migrantes tendrán que ser retenidos durante al menos una semana en la que deben ser identificados, incluso con perfiles biométricos. Y los solicitantes de asilo tendrán que esperar -hasta seis meses- hasta que se resuelvan sus peticiones. Eso, en lenguaje llano, significa que actuaremos como centros de retención de todas esas personas.
Salvo que el muy humanitario Gobierno español haya decidido apostar por la vía de las expulsiones inmediatas, Canarias se puede convertir en una cárcel. Si no se ponen medios de respuesta -y no se han puesto- es el papel que nos seguirán obligando a hacer.
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