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Opinión | A babor

Tongo

Ángel Víctor Torres en 'Gente Maravillosa'

Ángel Víctor Torres en 'Gente Maravillosa' / Jose Novelle

El real decreto que regula quién preside los actos oficiales es bastante claro: su artículo 11 establece que, en el territorio de una comunidad autónoma, el presidente de esa comunidad tiene precedencia sobre los ministros del Gobierno. Parece bastante razonable. Es una cuestión de respeto institucional, de reconocimiento del autogobierno y –si se quiere– de simple cortesía democrática. Las autonomías son parte del Estado, por eso ni siquiera suele discutirse que cuando el Rey o el presidente del Gobierno no acuden a un acto, su representación sea ostentada por el presidente de la región.

Es cierto que el decreto incorpora una excepción. El artículo 9 permite que un ministro asuma esa representación cuando actúe expresamente en nombre del presidente del Gobierno. Gracias a esa cláusula, Pedro Sánchez ha investido a Ángel Víctor Torres de la máxima autoridad del Estado en la mayoría de los actos de la visita de León XIV a Canarias. Es algo intencional, desde luego: no ha elegido al presidente regional, como hizo en Cataluña, ni siquiera al ministro competente en asuntos religiosos, al responsable de Exteriores o a la ministra de Migraciones. Tampoco al presidente de Canarias. Sánchez eligió al que va a ser candidato del PSOE a la presidencia de Canarias, Ángel Víctor Torres. De esa forma, el principal escaparate político, mediático y simbólico relacionado con la inmigración tendrá como protagonista institucional al candidato socialista. Se le sitúa deliberadamente por delante del presidente de Canarias mediante una delegación expresa, diseñada para alterar la prevalencia institucional.

No es una casualidad.

La visita del papa nació de una invitación formulada desde Canarias. Fue Fernando Clavijo quien trasladó al Vaticano la conveniencia de que el papa Francisco conociera de primera mano la realidad migratoria del archipiélago. Tras la muerte de Begoglio, la iniciativa terminó convirtiéndose en una visita de Estado ampliada posteriormente a Madrid y Barcelona. Pero ahora que llega el momento de las fotografías, de las imágenes para los telediarios y de los saludos oficiales, el papel principal se reserva para el rival electoral de quien promovió originalmente la visita.

Es una forma muy peculiar de entender la lealtad institucional.

Y también una forma bastante transparente de entender cómo funciona para algunos la política. Porque nadie discute que el ministro Torres tenga derecho a participar en todos los actos que considere oportunos. Lo que resulta difícil de justificar es la necesidad de desplazar protocolariamente al presidente autonómico para situar en su lugar a quien encabeza la candidatura socialista en Canarias.

La operación recuerda inevitablemente a lo ocurrido hace apenas unas semanas con la presentación del dispositivo sanitario desplegado para la evacuación sanitaria del Hondius, durante la pasada crisis del hantavirus. También entonces se hizo todo lo posible para minimizar la presencia del Gobierno de Canarias y maximizar la del Gobierno central. Se trataba de proyectar la idea de que la solución venía exclusivamente de Madrid. La diferencia es que ahora el escenario es más feliz, más fotogénico. En estos tiempos de malas noticias políticas y judiciales para el Gobierno Sánchez, la foto con el papa resulta más rentable, para Sánchez en Madrid, Illa en Cataluña y el ministro Torres en Canarias. Porque un papa no viene todos los días.

Sánchez y su partido llevan años presentándose –por necesidad– como los grandes defensores de lo institucional, el respeto autonómico y la cooperación entre administraciones. Sin embargo, cuando aparece una oportunidad electoral, esos principios se convierten en conceptos extraordinariamente flexibles. Lo que estamos viendo no es realmente un conflicto protocolario, sino algo mucho más sencillo: la utilización de un mecanismo legal para alterar artificialmente una imagen política.

Y eso tiene nombre: se llama tongo.

Lo que ocurre es que los ciudadanos suelen ser menos ingenuos de lo que algunos políticos creen. Los canarios saben perfectamente quién impulsó la invitación al Vaticano, quién lleva años intentando resolver el problema que supone que Canarias haya sido convertida por el Gobierno Sánchez en frontera para frenar el acceso de emigrantes al territorio continental, y quién ha decidido convertir la visita del papa en una operación de marketing político en un momento de escándalos y tribulaciones. Y eso es así por mucho que se cambie el orden de la fila en las fotos, se repartan acreditaciones, o se manipule el protocolo.

El trilero resulta a veces tan obvio en sus manejos, que no logra que creamos en la magia. Lo único que consigue es que quienes le observan sean perfectamente conscientes de que hace trampa.

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