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Opinión | El recorte

Mosén Prevost

El cardenal Robert Prevost, Papa León XIV, el Papa número 267 de la historia, comparece ante sus fieles, en el balcón de la Basílica de San Pedr.

El cardenal Robert Prevost, Papa León XIV, el Papa número 267 de la historia, comparece ante sus fieles, en el balcón de la Basílica de San Pedr. / Stefano Spaziani - Europa Press

Mosén Prevost habló catalán en Barcelona. Aunque está en contra de las «narrativas divisivas y polarizantes» que se dan en nuestro país y de la necesidad de «huir de esos enfoques identitarios que parecen aclararlo todo, pero que pueblan el mundo de fantasmas y enemigos». O sea, una de cal y de arena ciento cincuenta y cinco. Que tiene rima. En Cataluña, mosén Prevost habló en la lengua del país para pedirles a los catalanes que sean «constructores de la unidad» en una sociedad cada vez más fragmentada e «individualista». Debe ser por eso que, en pura coherencia, le habló al rebaño en su lengua identitaria.

Le aplaudieron menos que en Madrid. Solo con cortesía europea. No como los cuatrocientos guanajos que ovacionaron durante siete minutos al líder de los católicos en el Congreso, avalando un discurso moral que los ponía a parir. Con unas ideas soportadas en dos milenios de historia; alguna oxidada, porque hasta las pirámides se han descascarillado con el paso de los siglos.

Prevost, el «aliado del Gobierno» –la portavoz, Elma Sainz, se vino arriba–, hizo un discurso de valores religiosos. Habló de solidaridad. De un mundo de iguales. Sería irreprochable –aunque la igualdad estremece, por antinatural– si no fuera porque el mundo de Prevost no es de iguales. A él no le votó ninguna mujer investida con el birrete y el anillo cardenalicio. Entre otras menudencias porque las mujeres en la Iglesia no pueden acceder al sacerdocio, ni pueden ser obispas. Son las reglas de la misma casa que predica que todos los seres humanos son iguales a los ojos del dios en el que creen a pies juntillas.

Delante de las napias del Poder Legislativo, mosén Prevost aseguró que, conforme a sus creencias y las de los suyos, toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural. Esa vida empieza, para el papa, al instante siguiente en que un óvulo es fecundado. En la misma milésima de segundo en que se produce la primera mitosis del cigoto. El hecho de que eso se produzca en el interior de un cuerpo de mujer es irrelevante. Sobre todo para la mujer. Porque ella, para ellos, no es la dueña de su cuerpo, ni de su vida, que en realidad pertenece a su Dios. Claro que hay quienes creen en Dios y quienes no. Y si los segundos no obligan a los primeros a vivir sin Dios, los primeros no deberían exigir a los segundos que vivan de acuerdo con él.

Es probable que Prevost, en castellano, llame en Canarias a recibir solidariamente a esos miles de personas que a partir del 12 de junio, día de su visita de cinco horas a Tenerife, deben ser retenidas en los puertos para ser identificados con perfiles biométricos y, caso de solicitar asilo, permanecer así durante varias semanas hasta que se resuelva su petición.

Al papa no le han explicado, ni en catalán ni en castellano, que los migrantes vienen a estas Islas, eligiendo la ruta más mortal del mundo, porque la muy humanitaria y progresista España cerró a cal y canto la ruta del Estrecho y el Mediterráneo. Y que esas autoridades que le ovacionaron no han dispuesto los efectivos humanos y las infraestructuras necesarias para atender a los miles de personas que seguirán llegando al Archipiélago, a pesar de tanto aplauso y tanto niño muerto. Nunca peor dicho.

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