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Opinión | El recorte

Mensajes y verdades

Madrid. 08.06.2026. Encuentro multitudinario del Papa León XIV con la comunidad diocesana en el Santiago Bernabéu.

Madrid. 08.06.2026. Encuentro multitudinario del Papa León XIV con la comunidad diocesana en el Santiago Bernabéu. / José Luis Roca / PIM

El papá León XIV ha hecho una exhibición de músculo moviendo masas que solo se vieron por las calles de Madrid después del intento de golpe de estado de hace un cuarto de siglo. Su capacidad de convocatoria excede, por mucho, de la de cualquier líder político de este país. Y de otros. Porque, al contrario que los demás jefes de Estado, su reino no es de este mundo.

Hay quienes sostienen que el mensaje del papa es valiente y comprometido. No me lo parece. El líder de los católicos se mueve en un cuidadoso discurso de hermosas generalidades. Me recuerda aquel pánfilo «la tierra es del viento» frente a viejo «la tierra es para quien la trabaja». O sea, de Zapata a Zapatero. La belleza sintáctica frente a la cruda semántica. La palabra como nadería.

Prevost dice que en España hace falta una «reconciliación y una cooperación más profundas entre las distintas fuerzas» y que nuestra propia historia indica que «no es la cultura del enfrentamiento sino la del encuentro la que genera estabilidad y prosperidad». A muchos les podría parecer que habla del milagroso proceso de la Transición. Aquella época de España en la que ideologías y clases antagónicas fueron capaces de entenderse para construir una Constitución en la que todos cabían.

Esa referencia a la concordia la apuntilló con un antónimo. Pidió a todos, «por amor a la verdad», abandonar las narrativas polarizantes de nuestra realidad social e historia. Pero claro, ¿cuáles son esas narrativas que polarizan? Como ocurre con la ropa, todo el mundo encuentra la talla que le va mejor. Para algunos es un mensaje que podría aplicarse a la nueva extrema izquierda, esa que desprecia la Transición. Y especialmente a Zapatero y su sucesor, Pedro Sánchez, que impulsaron la Ley de Memoria Histórica como una forma instrumental de resucitar los horrores de la dictadura franquista para envolver con ella a la oposición conservadora. Otros, en cambio, creen que señala a la ultraderecha que se ha instalado en el populismo de «simplificaciones» y confrontación con «el otro». Bajo el polivalente paraguas papal todos se tapan y todos se mojan.

También citó en sus discursos la necesidad de «huir de esos enfoques identitarios que parecen aclararlo todo, pero que pueblan el mundo de fantasmas y enemigos». ¿Habla de quienes consideran a los migrantes como invasores y una amenaza para la cultura de Europa o de las nuevas tribus independentistas que predican una identidad distinta a la del Estado del que quieren emanciparse? Como ocurre en casi todo lo que dice Prevost, sus palabras son tan holgadas que todo el mundo puede usarlas como bandera.

El papa también ha aludido en sus discursos a la verdad, como el único elemento sólido al que debe aferrarse nuestro pensamiento. El problema es que la verdad es poliédrica. Y que no es una, salvo para gente que, como él, es capaz de creer en algo que resulta indemostrable.

A las pruebas me remito. Mientras el sucesor de Pedro viajaba hacia la misa multitudinaria en el corazón de Madrid, el Pedro sin sucesor cogía un Falcon oficial para irse con su mujer, Begoña Gómez, a un festival de música en Barcelona. Y eso que tenía a tiro la casita de Bad Bunny. Pero su verdad, hoy, es que no tiene el horno para más bollos. Ni más hostias.

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