Opinión | A babor
La(s) foto(s) de Arguineguín

Arguineguín: la imagen del fracaso de la política migratoria
Pedro Sánchez ha decidido acompañar al papa a Arguineguín. Lo hará rodeado de ministros, protocolos y periodistas, forzando el despliegue de su Gobierno precisamente en una visita que León XIV quería hacer de forma muy distinta. El papa pidió acercarse a la realidad migratoria de Canarias sin convertir el viaje en un acto político, quería escuchar, observar y hablar con quienes viven las duras circunstancias de esa situación cada día. Así lo había adelantado, pero ocurre que la política tiene una capacidad extraordinaria para apropiarse de cualquier escenario simbólico en el que se huela rentabilidad o aprovechamiento. Y hoy son ya muy pocos los escenarios donde Pedro Sánchez pueda lucirse. Probablemente piense que la emigración es uno de ellos.
Sánchez dio comienzo a su mandato progresista con una decisión –acoger el Aquarius en España– que le convirtió en referencia internacional de una política migratoria basada en los gestos. Ocho años después, ya no queda nada de aquel relato: Europa ha cambiado la política de acogimiento de Merkel. Los gobiernos socialdemócratas han sucumbido rápidamente a la presión de sus ciudadanos. Incluso en los países tradicionalmente abiertos a la inmigración se han endurecido muchísimo las posiciones. El llamado modelo danés, asumido por gobiernos de distinto signo político, se ha convertido en el estándar para buena parte de la Unión Europea. Incluso dirigentes que hace unos años habrían rechazado frontalmente las medidas inspiradas por Giorgia Meloni hoy las consideran inevitables.
Sánchez, sin embargo, mantiene un discurso diferente. Ya no se le pasaría por la cabeza repetir lo del Aquarius, pero sigue defendiendo una posición formalmente favorable al acogimiento. El Gobierno de España no cree en la instalación de campamentos en países africanos para expatriar a sus migrantes. A diferencia de lo que sucede en el resto de Europa, España dispone de una frontera particularmente cómoda para que Sánchez practique la ‘virtud a distancia’. Ha blindado el Estrecho, desviando a Canarias la mayor parte de la presión migratoria. Hoy los emigrantes africanos no acampan en las inmediaciones de La Moncloa. No se les instala en centros de Madrid. Se les deja a dos mil kilómetros de donde se toman las decisiones. En Canarias. A fin de cuentas, esto es África. ¿Por qué pagar millones de euros a países cercanos para que acojan a nuestros irregulares? ¡¡Si aquí hay sitio!!
Durante los últimos veinte años, desde la gran avalancha de 2006, miles de personas han llegado a las costas canarias, muchas de ellas en condiciones pésimas. Y una cantidad indeterminada han muerto en el Atlántico intentando llegar. Los centros de acogida se han saturado hasta límites insoportables. Y mientras eso ocurría, mientras los centros de Lanzarote se desbordaban, Sánchez tomaba sus baños de sol en La Mareta sin querer escuchar siquiera la preocupación del Gobierno de Canarias. Ante la gravedad de una emigración desatendida y abandonada a su suerte en los pueblos costeros de las islas, Sánchez estuvo ausente. Física y políticamente ausente. Vino reiteradas veces durante la crisis volcánica, a prometer ayudas y viviendas, pero nunca consideró oportuno acercarse a alguno de los centros que soportaban una insoportable y creciente presión. Sánchez no sintió la necesidad de recorrer Arguineguín cuando más de 2.600 seres humanos se hacinaban en el muelle en condiciones indignas. No le pareció conveniente visitar los centros colapsados y calibrar ‘in situ’ los recursos de acogida, cuando los cabildos, los ayuntamientos y el Gobierno regional reclamaban su ayuda desesperadamente.
Ahora sí. Ahora que el papa ha decidido convertir Canarias en símbolo de la tragedia humanitaria global, Sánchez sí quiere estar en la fotografía. Esta foto sí le importa. Y mucho, porque le ayuda a recuperar la imagen que el presidente necesita hoy desesperadamente: la del líder progresista, humanitario y comprometido frente a una Europa que endurece sus políticas migratorias. La del dirigente moralmente superior, que sigue defendiendo la acogida mientras los demás planean expulsar a centros de procesamiento, fuera del territorio comunitario, a los emigrantes cuya devolución no aceptan sus propios países… Sánchez y sus ministros estarán en Arguineguín con el papa. Pero Sánchez no irá a Las Raíces. Quizá porque el muelle hoy vacío de Arguineguín lo que va a proporcionar son imágenes. En Las Raíces, sin embargo, se plantearían preguntas. Tendría que explicar por qué centenares de personas siguen esperando que algún responsable político del Gobierno de España se acerque simplemente a escucharlas. A casi dos mil kilómetros de La Moncloa, la inmigración puede seguir siendo una cuestión moral. Es cuando se planta ante tu puerta cuando suele convertirse en un problema.
La diferencia entre la solidaridad auténtica y la de escaparate es muy sencilla: la primera se ejerce cuando nadie mira.
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