Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | El recorte

¡Oh, capitán, mi capitán!

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. / Ferran Nadeu / EPC

Hay un momento en que los escándalos políticos se convierten en una serie por entregas. Un folletín. La telenovela en la que hoy vive el PSOE. Es justo en ese instante, cuando el guión ya no corre tras la audiencia sino que está a su servicio.

La incesante crónica de escándalos judiciales que vive el Sanchismo apuntan ya al «one». A Pedro Sánchez, que es la gran pieza de caza mayor. El personaje central, que interpreta el papel del despistado responsable de una organización que no se entera de lo que pasa. Que pone una cara de estupefacción permanente con cada una de las revelaciones que van apareciendo en la trama. Si Zapatero era Míster Bean, nuestro actual presidente es el Peter Seller de El guateque, que va desatando el caos por donde quiera que pasa.

Que Sánchez malviva, a trancas y barrancas, aferrado a su increíble rol de «yo no sé nada de nada», es perfectamente lógico. La única explicación que le mantiene vivo en cada nueva entrega de un escándalo de corrupción es la ignorancia. No saber que su amigo y mano derecha era un putero. Desconocer que su otra mano derecha andaba metido en turbios manejos empresariales. No haberse enterado de que su referente moral y gran aliado estaba dedicado a facturar a mansalva. En fin, que mientras era capaz de esculpir el futuro de cincuenta millones de ciudadanos vivía in albis de todo lo que pasaba en su entorno más cercano. Padecía una aguda hipermetropía política que le permitía ver de lejos como un lince pero de cerca como un topo.

Conforme la trama se complica, con redes de investigación financiadas para extorsionar a jueces, fiscales y policías díscolos, los personajes secundarios empiezan a parecer cada vez más desdibujados. Es normal que Pedro Sánchez se defienda con uñas y dientes. Pero ¿qué proyecto defienden exactamente todos los que le rodean? Como en el Ensayo sobre la ceguera de Saramago, hay una larga fila de invidentes que camina en hilera, tras de Sánchez, sin ver que a cada paso que dan se aproximan a un profundo barranco.

Dicen que el cine imita la vida. Pero a ningún guionista se le podría haber ocurrido una serie como la que estamos viendo retransmitida en directo. Los sorprendentes giros de guión desafían la imaginación del más pintado. De los fiestorros de Ábalos hemos llegado a las joyas de Zapatero, pasando por las grabaciones que los miembros de la trama se han hecho a sí mismos en el colmo del despropósito. Y cuando el relato parece que afloja, surge un nuevo personaje, como el de esa tal Leyre Díez, que da otra vuelta de tuerca al surrealismo.

Los cómplices que mantienen al actual Gobierno empiezan a flaquear ante el incesante aguacero de basura. Y la pregunta que ya se hacen cada vez más militantes de un partido centenario es si tiene sentido acompañar a un líder que se dirige de cabeza al suicidio electoral. Un escándalo es normal. Dos son preocupantes. Una docena es estadística.

La hemeroteca es una condena. Los que hoy defienden lo indefendible se están excluyendo del futuro. Pedro Sánchez es como el capitán de un barco interceptado por la Guardia Civil, que lleva un inmenso cargamento de droga, que intenta descargar la culpa en la tripulación. Aunque fuera verdad, resulta muy difícil de creer.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents