Opinión | Retiro lo escrito
Crisis y plebiscito

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. / Ricardo Rubio - Europa Press / Europa Press
Caramba. Encuentro una docena de mensajes en X. Todos y cada uno de ellos insisten en lo mismo. No entienden que no me pase el día escribiendo con furia grafómana sobre lo que ocurre en Madrid. Quizás sea bueno aclararlo. Básicamente se trata del respeto fundamental que merece el lector. Lo que escribamos aquí sobre la actual conmoción política que tiene su escandaloso centro en el PSOE no va a mejorar en nada lo que nosotros mismos podemos leer en los grandes diarios nacionales o escuchar en las principales cadenas radiofónicas. Es grotesco intentar insuflar una voz propia a lo que no es sino el subproducto de lecturas de informaciones y opiniones de la prensa del día. Más interesante –y es lo que a veces intento– resulta intentar arrojar una perspectiva periférica a las miasmas de los centros de poder (llámalos nacionales, llámalos metropolitanos). Me temo, sin embargo, que a mis corresponsales no les interesan muchos estos extremos. Solo anhelan olfatear sangre y embarrarse como cochinos en la indignación más hedionda. Indignación porque Pedro Sánchez continúa como presidente del Gobierno. Indignación porque los canallas pretenden que Pedro Sánchez deje de ser presidente del Gobierno.
Todavía es temprano para casi todo, porque la mayoría de las tramas y subtramas de corrupción que afectan al PSOE –mejor: que protagoniza el PSOE– siguen siendo investigadas por orden judicial. No ha llegado el momento –y en algunos de los procesos de próxima apertura, como el caso Rodríguez Zapatero, los archivos o las sentencias tardarán años– de criticar civil o penalmente las conductas recogidas en los autos. Lo que sí puede hacerse, a mi entender, es dilucidar responsabilidades políticas bastantes obvias. Y en especial la del presidente Pedro Sánchez, que debió dimitir y dejar paso a otro compañero o convocar elecciones desde hace mucho tiempo. Cuando en una democracia parlamentaria la segunda autoridad del partido –y relevante ministro del gabinete– se engolfa y durante años mete mano en la caja la primera autoridad del partido dimite por responsabilidad política. Si se elige a otro segundo –otro secretario de Organización– y también acaba en la cárcel debes dimitir, si no lo has hecho, por responsabilidad política. Si empapelan al fiscal general del Estado y finalmente lo condenan debes marcharte por responsabilidad política y no, en cambio, magrear al Tribunal Constitucional. Si te muestras incapaz de aprobar unos presupuestos generales del Estado –ni siquiera los presentas como ordena la Constitución– debes presentar tu renuncia y largarte. Si resucitas a un expresidente pelele y lo conviertes en la máxima autoridad moral del partido, embajador de buena voluntad y consejero áulico, debes largarte si finalmente resulta procesado por tráfico de influencias –pues habría monetarizado sus influencias sobre ti y tu equipo– entre otros delitos. Desde una ética de la ejemplaridad democrática nada de esto es opinable. Y sin esta ética deberíamos reconocer entonces que nos hemos instalados en un vertedero incivil, en un matadero de esperanzas, compromisos y decencias, y que la soberanía popular y las reglas democráticas se han escurrido por un sumidero para siempre.
Según algunos Sánchez prepara incluso un referéndum para elegir entre monarquía y república como deus ex machina para su reelección en 2027. Pero no dispone de recursos y tiempo para tal cosa. Lo que está urdiendo es el discurso de unas elecciones plebiscitarias. Lo que se sometería a plebiscito no sería un programa ni una ideología, sino el propio Sánchez, elevado a símbolo de la democracia frente a una conjura derechista/ultraderechista que controla el Estado profundo (jueces, medios, policías, cuerpos de élite funcionarial, multimillonarios innominados) contra el pueblo. Sánchez a la cabeza de la izquierda que perrea y los independentismos trasmutados en una liberadora realidad plurinacional. Se intentará legitimar así la perversión de la democracia constitucional para que Sánchez nos salve del fascismo. n
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