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Opinión | El recorte

Sobre darwinismo social

Monseñor José Mazuelos Pérez.

Monseñor José Mazuelos Pérez. / ANDRES CRUZ

Tiene mucho mérito, en pleno siglo XXI, manejarse en un sistema de creencias que sostiene el papel protagonista de los hombres como únicos intermediarios de los sacramentos otorgados por Dios a los humanos. Un sistema que excluye a las mujeres y les concede un papel secundario, similar al del Cuento de la Criada. Y tiene muchísimo más mérito que ese sistema prehistórico sea aceptado resignadamente por millones de progres que sostienen, en el mundo político, exactamente lo contrario.

Resulta igualmente milagroso predicar un mensaje de humildad y pobreza perteneciendo a un Estado altamente jerarquizado que acumula una enormidad de riquezas y tesoros artísticos y financieros. Uno que denuncia la miseria de los seres humanos y se ofrece, generosamente, a prestar servicios de auxilio a esas personas con el dinero ajeno.

Fruto de todas esas contradicciones, es normal que en el cerebro de algunos de los dignatarios de esa organización exista un frangollo ideológico. El obispo de Las Palmas de Gran Canaria, por ejemplo, José Mazuelos, anda indignado porque no llegan suficientes fondos públicos a las organizaciones humanitarias de la Iglesia. Y como es propio de la Iglesia, la carne se hace verbo. O sea, protesta. Y el cabreo se verbaliza instando a las administraciones públicas laicas para que dejen de generar «polarización». Mazuelos exige que se pongan manos a la obra para resolver los principales problemas de la población, «interviniendo» en la vivienda y la inflación, en lugar de alimentar, desde la izquierda y la derecha, un «neocapitalismo salvaje» que relega a los más vulnerables. «¿Se ha ganado en libertad o se ha ganado en el darwinismo social, donde los fuertes no tienen problemas y los pobres sí?», se pregunta retóricamente el obispo.

Es curioso. El obispo abomina del mismo «darwinismo social» que predica su propia Iglesia en casos como el embarazo. Porque ¿qué dicen los católicos sobre este tema? Pues que la vida es sagrada. O sea, que pertenece a Dios. Ni a los hombres ni, por supuesto, a las mujeres. Un embarazo no deseado no puede «intervenirse» por medios técnicos contrarios al devenir de la naturaleza. Aunque el feto venga con malformaciones o el parto ponga en peligro la vida de la madre. El orden natural –o sea, darwinista– es que se produzca la gestación y el parto, como ocurría de común en la vida de los buenos pueblos salvajes, tan cerca de Dios y tan lejos del neocapitalismo.

Los ebionitas, la secta judeocristiana que se encuentra en las raíces remotas de la Iglesia, consideraba el comercio como un atentado a la moral. No es una casualidad que el Jesucristo iracundo expulsara del templo a los mercaderes. Por eso es más difícil que un rico entre en el reino de los Cielos que un camello pase por el ojo de una aguja. La Iglesia necesita de la pobreza como los comunistas de la lucha de clases: es su argumento vital. Es una pena que gracias al comercio, el mundo sea hoy un lugar donde, en términos históricos, han retrocedido el hambre y la miseria. Pero eso no implica que se acabe el negocio de quienes viven de ello como organismos saprófitos. Se resucita a Darwin, a Franco o a quien haga falta. El apocalipsis es el cambio climático. Y la salvación, ellos.

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