Opinión | El recorte
De la Transición a la charca

Togas y puñetas de varios jueces.
En esto debe consistir la vejez, que algunos llaman experiencia. Escuchas hablar al comisario Villarejo del «genio del Cardhú», que es como etiqueta a M punto Rajoy, y ya casi está todo dicho. Ese presidente tenía a aquel tesorero y a este comisario. Apaga y vámonos. Felipe González también tuvo a Roldán en calzoncillos en una foto de portada de una revista, pero hoy es toda España la que está con el culo al aire.
No es normal que mientras estábamos confinados por órdenes ilegales, en plena pandemia, un ministro se fuera de juerga por los paradores nacionales, acompañado de algunos miembros y miembras del Consejo de Ministros indubitablemente aquejados de una grave sordera y déficit de visión, porque ninguna oyó la escandalera ni vio a las acompañantes de Ábalos, que, como las patrullas de la Benemérita, iban de dos en dos.
Ponen a parir «el régimen de la Transición» en el croar de una nueva charca bastante más pestilente. La fiesta de los ERE en Andalucía, al fin y al cabo, fue un sistema clientelar que repartía dinero entre los fieles de la iglesia socialista, aunque algún monaguillo se lo llevara crudo. Pero es que esto de hoy no tiene nombre. La operación para chantajear a jueces, fiscales y policía pone al terrorismo de Estado de Barrionuevo casi en la pila bautismal. Aquello, siendo delito, perseguía acabar con ETA. Esto de ahora liquida la idea misma de la democracia.
Desde la Gürtel hasta los negocios de ese hombre sencillo llamado Zapatero, la crónica de los escándalos es tan cutre que da vértigo. No es un Gobierno aturdido por el mayor atentado terrorista que miente como un bellaco para salvar el trasero. No es un Gobierno que, harto del tiro en la nuca, decide coger por la calle de en medio. Son gente que ha entendido el poder como una fuente de negocio y cuyas ramificaciones igual se extienden a las cloacas que a la minería caribeña. Igual les da vender mascarillas a precios de pañuelos de seda que trincar del piche de la circunvalación de Alpedrete.
El consumo masivo de antidepresivos y tranquilizantes ha causado daños irreversibles en la inteligencia de nuestro muy resiliente Gobierno. Ante la avalancha de imputaciones, alguien, con el juicio muy perturbado, ha vuelto a resucitar de urgencia el sobado argumentario de la conspiración de los jueces. Que son los mismos de la Gürtel. Para que miremos el dedo y no las llagas. Consideran una sospechosa «casualidad» las investigaciones que están haciendo aflorar escándalos vergonzantes de los que se resisten a avergonzarse.
Han elegido un mal camino. Porque cuando empiecen a surgir las pruebas que salgan de las investigaciones, detrás ya solo tendrán un enorme vacío. Se equivocaron, o algo peor, cuando defendieron a José Luis Ábalos como víctima de una campaña infame de bulos y fango. O cuando ponían la mano en el fuego por Santos Cerdán, para terminar en la unidad de quemados. Ahora apuestan a todo o nada cuando siguen negándose a sí mismos –y a todos los ciudadanos– que los indicios que apuntan al expresidente Zapatero son de tal intensidad y tan escandalosos que con cualquier político, de otro partido que no fuera el suyo, estarían casi pidiéndole la horca. Todo o nada. Y me temo que será nada.
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