Opinión | Punto de vista
No habría minas, pero sí lingotes de oro

José Luis Rodríguez Zapatero. / Shutterstock
Citaré a Winston Churchill, pero no en vano, muchos que lo citan aclaran que esa determinada frase «se le atribuye». Esta sí es de él: «Nunca tantos debieron tanto a tan pocos». Tantos son los ingleses, pocos, los pilotos de la RAF; y tanto, por la Batalla de Inglaterra. Frase que cabe trasponerla a España y la situación de verdadero colapso y derrumbe político-institucional (apenas apuntalado), además de moral que viven los españoles. Una mezcla perfecta, una suma o combinación, por sus elementos, dosis y mezclas, química; tanta su robustez de engarce. Es evidente que esta situación de actualidad, como si prefigurase el apocalipsis, pivota no en siglas o concepciones ideológicas, que también en un segundo plano, sino en dos líderes, no del todo providenciales, pero sí estadistas de extrarradio y almoneda: Rodríguez Zapatero y Pedro Sánchez. Ambos marcan un cambio de época por la solidez (funcional) de sus trayectorias, preparación y bagaje, sin estos elementos es imposible darles cuerpo, materialidad. Ambos son los dos primeros políticos profesionales que alcanzan la cúspide. Ambos muy ambiciosos en su desafiante mediocridad y simpleza (el caso de Zapatero es desgarrador). El estadista reconvertido a la piratería transoceánica y encubridor activo de la conculcación sistémica de los derechos humanos de la manera más feroz, todas sus anécdotas, muchas y terribles, que jalonan su vida dándole profundidad son de una estupidez endiablada. Antes de interrogar Zapatero a su madre moribunda si creía que sería presidente; y el doctor Sánchez, a Maxim Huerta, cómo pasaría a la historia. Ambos con un hatillo como todo equipaje, necesitaban confirmación de sus ensoñaciones. Intuyeron que, si hay un camino realmente fácil sin apenas concurrencia, ni demostración de capacidades y preparación, es la política. Tras ameritar en asistencias a casas del pueblo, federaciones locales, agendas, reuniones, sandeces e incansable pulular (mientras los demás privilegiaban ganarse la vida en la sociedad) en torno a los mismos círculos, lo importante era ir olfateando la mejor colocación: siempre entrar en listas. Zapatero vio el tobogán a diputado. Se dice que antes fue ayudante de derecho constitucional. En una universidad compacta de izquierda cabe imaginar que amistar con el titular de Constitucional no había de ser muy complicado, camarada. Más alambicada es la progresión profesional (profesión PSOE) del doctor que requirió de varios enchufes en el exterior (viuda del senador Casas y embajador Westendorp) y de habilidades para alcanzar el puesto anterior en las listas de los que salían. Dos veces por esa posición mediocre fue catapultado por bajas imprevistas del antecesor. A lo que se suma esa vida psicológicamente monacal, aglutinada y fortificada, de boletines, recortes de prensa, revistas, argumentarios, una vida vuelta sobre sí mismos, con concepciones, análisis y visiones corales. Verdaderos guetos mentales, que hace que Patxi López y mayoría no puedan concebir espacios y vida, sin arropamiento y guion interpretativo.
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