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Opinión | La Calle Nueva

Mil horas para llegar a ninguna parte

El AVE se encuentra entre los diez trenes más rápidos del mundo

El AVE se encuentra entre los diez trenes más rápidos del mundo

Vivo desde niño ante el estupor del coche, pero también ante el estupor del tiempo. La primera vez que mi padre me puso a delante de un volante yo tendría diez años y él se asustó, como yo mismo, ante la posibilidad de que aquel artilugio que ponía en mis manos se convirtiera en mi último juguete.

Entonces él mismo me sacó de aquel atolladero y ya nunca más me volvió a decir que manejara. Fue la primera y la última vez, y ya no ha había más intentos. Taxis, camiones, lo que quieras, pero jamás he tenido que ver con los volantes. A lo largo de los años (más de setenta años) jamás volví a sentarme ante un artilugio así. Jamás.

En mi casa, Eva, nuestra hija, cogió mi costumbre, y no sé si el muchacho que ahora tiene quince años y es nuestro nieto se hará un día, como mi padre, conductor de toda clase de camiones, de furgones, de furgonetas, de alimañas parecidas en las que el ser humano que maneja se desplaza a solas o en compañía, sin miedo a las consecuencias que guarda el hecho de manejar.

Así que voy a todas partes en guagua, en coches alquilados, en cualquier instrumento que me lleve de un lado a otro sin preocuparme de otra cosa que de las delicias, a veces mortales, de lo que sucede en la carretera o en el aire por el que circulan los aviones. Ahora, por ejemplo, estoy en Oviedo, Asturias, de donde es, por ejemplo, Juan Cueto, que conducía, por cierto, aunque pareciera que siempre estaba llegando antes de partir.

Recuerdo siempre a Juan Cueto, con cualquier pretexto. Era una inteligencia privilegiada y noble, de la que surgían ideas que luego eran realidades extraordinarias, organizadas para la literatura, para el periodismo o, en general, para el saber. Así que me acuerdo de él y no sólo cuando piso su terruño. Era la persona más excéntrica, y también la más inteligente, de las muchas que conocí en el pasado siglo, y también en este.

En un tiempo, cuando ya él estaba fuera de juego de este mundo, ingresado en una casa de reposo, iba a ver a Juan Cueto para que entre los dos buscáramos las alegrías de otros tiempos. Él jamás perdió la memoria, pero no tenía ganas de hablar, aunque reía, siempre reía cuando me veía llegar a su lado. Fue, sobre todo en los últimos años de su vida, un hombre afable cuya inteligencia era parecida, en todas las épocas, a la de los más grandes de los intelectuales por los que él mismo transitaba.

Así que he estado toda mi viva, la que tengo, la que tuve, la que imagino que quizá tendré, lejos de los automóviles o de los fotingos, como mi madre (y todo el barrio) llamaba a todo aquello que parecía coche.

Estas últimas semanas he viajado más que nunca en estos artilugios viejos o nuevos: automóviles, autobuses, aviones, taxis, todo aquello que se mueve ha sido parte esencial de mis viajes, y de esa manera he estado en Valencia, en Barcelona, en mis tierras o terruños, en Cádiz, en Sevilla, en León, estoy a punto de ir a Pamplona, me espera otro viaje a Gijón y ahora mismo estoy volviendo de la tierra de Juan Cueto. No sé qué pasará de aquí a mañana, pero en este momento mi único objeto es evitar más viajes que el último que me espera.

Así que viajo por todas partes gracias a estos artilugios que manejan otros y de los que yo disfruto o maldigo según se muevan y, por tanto, según me muevan. Ahora mismo, en este tren que me devuelve de Oviedo a Madrid, sufro de parte del tren una humillación inesperada.

En los últimos tiempos yo solía viajar, incluso en aviones, escribiendo en los asientos cada vez más mezquinos. En el tren que ahora me devuelve a Madrid el martirio que me acoge es tremebundo, continuación del que ayer mismo me trajo a la misma tierra de Cueto. Entonces no quise escribir; vine gandul todo el tiempo, tratando de imaginar que ya ni soy periodista ni soy escribidor ni nada, sino uno que viaja para ver si otra instancia del mundo me busca otro oficio o el silencio.

En el viaje anterior pasó algo extraordinario: debía durar cuatro horas, y yo fui contando esa posibilidad como si fuera un niño de escuela que está deseando llegar al otro lado de cualquiera parte. Las horas que parecían eternas fueron en efecto interminables, como las guaguas de mi pueblo cuando acompañaba a mi madre (o viceversa) a nuestras visitas al médico (a los médicos) que teníamos ambos en la capital…

El viaje a Oviedo fue largo y tedioso, sin libros, sin periódicos, sin otra distracción que los recuerdos. Parecía el primer viaje que hice al llegar a Madrid, cuando yo era un muchacho de diecinueve años que iba en pos de la vida del otro mundo, que entonces era Santander. Viví la noche en aquel tren que parecía organizado para ser un lento dibujo de la vida por delante. Todo era oscuro en aquellos vagones sin gracia en los que yo me movía como si nunca fuera a conciliar el sueño. En el viaje que hice ahora, desde Madrid a Oviedo, sentí que aquella tragedia juvenil, que viví con la alegría de irme sin dolor al otro mundo, se reproducía en un tren que venía de aquel entonces.

Antes de subir a este tren de ahora he regresado a esos momentos que no añoro, sino que recuento tan solo para preguntarme con ustedes sobre la barbaridad que permite pensar que, estos trenes de hoy, en los que viendo yendo y viniendo, son una burla que no desdice el horror que eran aquellos artefactos me llevaron a Santander… Los trenes andan peor, en estas zonas de España, representan la lentitud de los bueyes, que es como reza el mejor título de todos los que ha escrito Julio Llamazares.

Estamos en la era del futuro, pero los trenes son como las guaguas del pasado.

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