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Opinión

Mezclas que enriquecen Canarias

Bandera de Canarias.

Bandera de Canarias. / Deposit Photos

Con motivo del Día de Canarias conviene recordar que la idiosincrasia isleña no nació de una pureza imposible de alcanzar, sino de la mezcla. Pocas identidades en Europa pueden explicarse desde tantos cruces de caminos, tantas partidas y regresos, tantas influencias llegadas por mar. Canarias no se construyó encerrada en sí misma, sino abierta al Océano Atlántico. Quizá esa sea hoy una de sus fortalezas.

Durante siglos, el Archipiélago fue frontera, escala y puente entre continentes. Antes de consolidarse como comunidad política, ya era territorio mestizo. A la raíz indígena amazigh se sumaron castellanos, aragoneses, gallegos, normandos, portugueses, genoveses, flamencos, africanos esclavizados, comerciantes británicos, familias irlandesas, migrantes latinoamericanos, sirio-libaneses e hindúes. Y más recientemente coreanos, balcánicos, ucranios y chinos. Todos aportan algo. Palabras, costumbres, recetas, ritmos, apellidos, maneras de mirar el mundo. El resultado no es una identidad fragmentada, sino una cultura singular.

Canarias aprendió que sobrevivir dependía del intercambio. El aislamiento geográfico obligó a mirar hacia afuera. Y esa condición atlántica moldeó una sociedad permeable, acostumbrada al tránsito humano y cultural. La historia canaria no puede entenderse sin la emigración hacia América, igual que tampoco puede comprenderse sin la inmigración que hoy llega a las Islas en busca de una oportunidad o una vida mejor.

Por eso resulta simplón cualquier intento de definir la identidad canaria desde posiciones excluyentes o cerradas. Canarias nunca fue homogénea. Ni siquiera dentro de cada isla. Es una identidad plural, diversa y en constante transformación. Se expresa en el habla, en el humor, en la música, en la gastronomía y también en una forma de relacionarse y de hacer las cosas. Una hospitalidad nacida del hecho de haber sido emigrantes.

Ese mestizaje no debe convertirse en un relato de complacencia. La historia de esta región también está atravesada por la violencia de la conquista, por la esclavitud, por las jerarquías coloniales y por las profundas desigualdades sociales. No todas las culturas que pasaron por el Archipiélago ocuparon el mismo lugar ni tuvieron igual reconocimiento. La herencia africana y la memoria indígena, por ejemplo, se sitúan en un espacio menor del que merecen en el relato de la identidad isleña.

Tampoco puede ignorarse que Canarias afronta hoy tensiones derivadas del crecimiento demográfico, la presión turística, el acceso a la vivienda o el deterioro de servicios básicos e infraestructuras. La convivencia requiere políticas públicas, cohesión social y planificación. En ese contexto convulso, el Día de Canarias debería servir para reivindicar que la identidad no se debilita cuando incorpora nuevas realidades. Más bien se empobrece cuando se vuelve pieza de museo. Canarias nunca ha sido exactamente la misma durante todo el tiempo. Quizá ahí reside parte de su fortaleza.

Incluso la autoestima cultural ha cambiado en las últimas décadas. Hubo un tiempo en que muchos canarios ocultaban su acento fuera de las Islas. O despreciaban parte de sus tradiciones por considerarlas señales de atraso. Hoy ocurre lo contrario. La gastronomía vive un momento de prestigio, la música y la literatura encuentran nuevas voces y el orgullo por lo propio deja atrás complejos históricos.

Aun así, queda camino por recorrer. La enseñanza de la historia y la cultura canarias es todavía insuficiente. Conocer el pasado del Archipiélago no es una cuestión folclórica ni identitaria en sentido estrecho; es una herramienta para comprender mejor quiénes somos y por qué las Islas funcionan como funcionan. Sin memoria colectiva resulta más fácil caer en discursos simplistas sobre la inmigración o la convivencia.

Este 30 de mayo, celebrar Canarias significa reconocer la complejidad de una tierra de mezclas. Una sociedad que ha sabido convertir el cruce cultural en seña de identidad. Quizá la verdadera bandera de las Islas sea la capacidad de convivir entre diferencias. De entender que lo canario se construye, se transforma y se transmite generación tras generación. En un mundo cada vez más atenazado por el miedo al otro, Canarias tiene algo valioso que mostrar. Y es que las mezclas no debilitan a los pueblos. Los enriquecen.

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