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Opinión

El golpe

El presidente de EEUU, Donald Trump, en la reunión del gabinete del pasado miércoles

El presidente de EEUU, Donald Trump, en la reunión del gabinete del pasado miércoles / SAMUEL CORUM / CONTACTO / EUROPA PRESS

El agonizante Gobierno de España ha descubierto lo que pasa. No es corrupción; es una conspiración. Es un golpe de Estado promovido por Trump. Como la conspiración judeomasónica de Franco. Esa es la desternillante teoría de la sincronización de Moncloa. El último delirio de la propaganda. «Son muchos casos y todos al mismo tiempo. No creemos en las casualidades», dicen. Quizá alguien debería explicarles que cuando se levanta la tapa de algo podrido siempre sale más de una cucaracha.

Hace once años, Sánchez, líder de la oposición, llamó «indecente» a Rajoy en un inolvidable debate de televisión. Porque tenía casos de corrupción en su partido y no había tomado la decisión de dimitir: la única posible. Nadie pensó que, con gran visión de futuro, se estaba calificando a sí mismo. Y que cuando dijo que la democracia se resiente de los escándalos con el dinero público estaba escribiendo su propio lapidario político.

El viejo PSOE ya no existe. El nuevo vive en La Moncloa y está lejos de Ferraz. Por eso, cuando la policía registra la sede del partido -por orden de Trump-, el secretario general no puede salir a dar explicaciones. Habita en un líder con personalidad múltiple que solo ejerce a tiempo completo de acorralado presidente. Es el capitán del Titanic, quien, después de lograr el meritorio hito de chocar contra media docena de icebergs, mientras el agua inunda la cubierta, manda tocar a la orquesta mediática para entretener al pasaje. Y dice, grave y circunspecto, que lo que más le conviene a la gente no es salir corriendo hacia los botes salvavidas porque el barco sigue flotando.

Algunos piensan que en cualquier otro momento se habrían producido dimisiones y una convocatoria electoral para que el pueblo hable en las urnas. No es verdad. Implica otorgarles a los políticos españoles una grandeza de la que carecen. Rajoy no dimitió. Dijo que todo era una conspiración contra el PP y fue expulsado por una censura donde participó la derecha independentista vasca y catalana para debilitar al Estado. El PSOE, ante la actual avalancha de escándalos de corrupción, también se presenta como víctima de una conspiración “antidemocrática”. Y Sánchez, el demócrata atacado, tampoco dimitirá, porque los presidentes en este país salen del poder con los pies por delante.

La derecha española ya enseñó sus miserias e insolvencias en la historia reciente de España. Ahora es la izquierda, que presumía de su superioridad moral, la que se revuelca en la inmundicia. La que se aferra al poder como a una tabla de salvación personal y económica. El «golpe de Estado» son ellos, que han cedido al chantaje independentista. Ellos, que no encabezan la limpieza y la regeneración; que buscan culpables ajenos donde solo hay presuntos delincuentes propios. Dos secretarios de Organización del PSOE, un ministro y su íntimo asesor, yacen, como muñecos rotos y casi olvidados, después de pasar por la máquina trituradora de los telediarios. La sede del PSOE ha sido registrada y su gerente, Ana María Fuentes, ha sido imputada junto al ex presidente andaluz, Gaspar Zarrías, y Santos Cerdán, por financiar equipos de cloacas para conseguir información infamante de policías, fiscales y jueces, para presionarles.

Así vamos. El hermano y la esposa del presidente del Gobierno en un banquillo. Y el referente moral del socialismo español, el alter ego de Sánchez y su sombra electoral, Rodríguez Zapatero, en el escenario de una tenebrosa historia de rescates amañados y sospechosos negocios internacionales con la dictadura venezolana. Aunque mucho de lo que hoy le atribuyen los indicios sea exagerado o falso, su personaje, investido de sencillez y altruismo, ha quedado demolido para los restos. La directora ejecutiva de una empresa del Ibex no es una delincuente, pero no puede presentarse como la Madre Teresa de Calcuta.

Ante esta avalancha y digno del mejor Monty Python, el presidente de España aseguró, desde Italia, que no puede convocar elecciones porque ese no es el interés de los ciudadanos. Él lo sabe. Y mientras algunos mordían el cable del micrófono para contener la risa, el líder de un Gobierno que lleva tres años sin poder aprobar los Presupuestos Generales del Estado aseguró que lo que necesita la ciudadanía es «estabilidad».

Sánchez no es culpable de querer sobrevivir. Es un instinto primario. Los verdaderos responsables de esta ópera bufa son los independentistas que siguen explotando un Gobierno débil y un Estado en la UCI: o sea, lo que querían. Y esa extrema izquierda, que lleva en una mano la antorcha de la honradez y en la otra las nóminas de sus cargos públicos.

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