Opinión | Análisis
Canarias en la encrucijada: el momento de no desperdiciar una oportunidad histórica

Imagen del casco histórico de La Laguna durante la celebración del Día de las Familias. / Arturo Jiménez / t
Hay momentos en la historia de los territorios en que el mundo cambia a su alrededor antes de que ellos mismos hayan decidido cambiar. Canarias vive uno de esos momentos. Y la diferencia entre aprovecharlos o dejarlos pasar define el destino de una generación.
Las Islas han construido durante décadas un modelo de servicios sólido, reconocido y competitivo. El turismo canario no es un accidente geográfico: es el resultado de décadas de esfuerzo empresarial, inversión en calidad y adaptación permanente a un mercado exigente. Ese mérito es real y hay que reivindicarlo sin complejos.
Pero precisamente porque ese modelo funciona, corremos el riesgo de conformarnos con él. Y conformarse, cuando el mundo está reordenando sus piezas, es la forma más silenciosa de quedarse atrás.
El nuevo mapa geopolítico global sitúa a Canarias en una posición que ningún estratega habría imaginado hace veinte años como prioritaria. La inestabilidad del Sahel, la reconfiguración de las rutas atlánticas, la necesidad europea de autonomía energética y la tensión en las cadenas logísticas mundiales convierten al archipiélago en algo que va mucho más allá de un destino turístico de primer orden.
Canarias es hoy la frontera sur de Europa, un nodo natural entre tres continentes y un territorio con estabilidad institucional, marcos jurídicos europeos y una conectividad atlántica que muy pocos enclaves del planeta pueden ofrecer. Eso no es un relato aspiracional: es una descripción objetiva del lugar que ocupamos en el tablero.
La pregunta no es si ese valor estratégico existe. La pregunta es quién lo va a capitalizar: si lo haremos nosotros, o si lo harán otros en nuestro nombre y para su beneficio.
Cualquier reflexión honesta sobre el futuro económico de Canarias tiene que comenzar con una premisa incuestionable: el sector servicios ha sido y seguirá siendo el eje vertebrador de nuestra economía. No existe transformación posible que prescinda de él ni que lo niegue. Sería un error de diagnóstico grave, y los errores de diagnóstico llevan a tratamientos equivocados.
Lo que el momento actual nos exige no es sustituir el turismo, sino complementarlo. Añadir capas de valor económico sobre una base ya consolidada. Construir sobre lo que sabemos hacer, no contra ello. El sector servicios canario ha demostrado su capacidad de adaptación ante crisis profundas. Esa misma capacidad es la que necesita canalizarse hacia nuevos vectores de actividad.
Logística portuaria, energía renovable, economía azul, cooperación euroafricana, ciberseguridad, investigación científica y tecnología aplicada no son alternativas al modelo de servicios: son su extensión natural hacia sectores de mayor productividad y mayor valor añadido. Son la forma de que el tejido productivo canario deje de depender en exceso de variables que no controlamos. «Diversificar no es abandonar lo que somos. Es crecer más allá de donde hemos llegado».
Las grandes oportunidades geoestratégicas no se mantienen abiertas indefinidamente. Si Canarias no consolida su posición como plataforma atlántica en los próximos años, otros territorios -con menos condiciones objetivas pero con mayor voluntad estratégica- ocuparán ese espacio. La historia económica está llena de territorios que tuvieron la geografía y dejaron pasar el momento.
La transición energética que el mundo está realizando no va a esperar a que Canarias decida si quiere sumarse. Las nuevas rutas logísticas que Europa está diseñando para reducir dependencias no van a detenerse porque no hayamos terminado de redactar nuestra estrategia portuaria. Los flujos de inversión hacia el entorno euroafricano no van a pausarse porque nos falte aún desarrollar el marco normativo adecuado.
El tiempo es el recurso más escaso en política económica. Y en Canarias, con demasiada frecuencia, lo hemos consumido en el debate sobre si actuar, cuando la pregunta que teníamos que hacernos era cómo actuar y cuándo.
La transformación económica no ocurre por decreto. Ocurre cuando la iniciativa privada encuentra condiciones para invertir, innovar y generar empleo de calidad. Por eso, el papel del tejido empresarial en esta encrucijada es tan determinante como el de las instituciones públicas.
El empresariado canario ha demostrado suficiente madurez y resiliencia para entender que el largo plazo importa. Que no se puede gestionar un territorio como si solo existiera el próximo trimestre. Que la competitividad sostenible exige formación, internacionalización, digitalización y apuesta por el conocimiento como factor de producción estratégico.
Desde CEOE Tenerife, nuestra responsabilidad es ser parte activa de esa conversación: no solo reclamar las condiciones adecuadas, sino contribuir a construirlas. La concertación social, la colaboración público-privada y la visión compartida de desarrollo no son conceptos vacíos. Son los instrumentos que distinguen a las economías que avanzan de las que se quedan.
Decir que Canarias tiene una oportunidad histórica no es retórica. Es una descripción precisa de lo que el momento geopolítico, energético y económico global ofrece a un territorio con nuestra posición, nuestro marco institucional y nuestra tradición de apertura al mundo.
Pero las oportunidades no se convierten solas en prosperidad. Se convierten cuando hay liderazgo, empresas capaces de materializarlas, instituciones capaces de facilitarlas y ciudadanos capaces de sostenerlas.
Canarias tiene todo eso. Lo que nos queda es decidir que esta vez no vamos a dejar pasar el momento.
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