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Opinión | Claroscuro

Saray Encinoso

El dinero después del dinero

El dinero después del dinero

El dinero después del dinero / Pixabay

Siempre he creído que lo mejor de tener dinero es no tener que pensar en él. Cuando no piensas en el dinero, no calculas lo que te queda para acabar el mes, no cancelas planes porque vas justito, no te estresas porque nunca tendrás una casa propia. Cuando no piensas en el dinero, el futuro no es un lugar inhóspito; es un territorio desconocido, pero seguro. De un tiempo a esta parte, sin embargo, he llegado a la conclusión de que mi forma de pensar es propia de quien no nació con una cuenta bancaria a prueba de imprevistos. De quien creció convencida de que el dinero era una forma de tranquilidad. Una aspiración que durante décadas asocié a la clase trabajadora. Ahora sé que en algún momento ese vínculo se reconfiguró y que hoy, quien tiene dinero siempre quiere más, aunque no lo necesite para sí mismo ni para que las dos generaciones que lo sucedan sobrevivan holgadamente.

Pensaba en ello hace unos días, cuando los medios de comunicación empezaron a destripar el sumario judicial del caso Zapatero. Los tribunales determinarán qué hay de cierto en todas las sospechas que planean sobre el expresidente. Pero hay una pregunta que no será capaz de responder ningún juez si se confirma que el político intervino en el rescate de Plus Ultra a cambio de engordar su patrimonio. Ningún magistrado me explicará por qué alguien que tiene la vida resuelta, que tiene cierto reconocimiento social, termina envuelto en situaciones ilegales con el único objetivo de obtener unos ingresos que nunca gastará. Porque lo que el dinero no ha hecho todavía es volvernos inmortales.

Esta necesidad de acumulación no es exclusiva de políticos o famosos. Es algo que se ha extendido en nuestra sociedad y que observamos constantemente en las redes sociales. Hay toda una industria de influencers dedicada a convencernos de que cualquiera puede hacerse rico si es lo bastante listo y disciplinado, y de que, si no lo consigue, es porque tiene mentalidad de pobre. Nos repiten que hay que aprender a acumular dinero, invertirlo correctamente y aspirar siempre a más; que no se te ocurra pensar que basta con ganarse la vida. El mundo nunca ha sido tan incierto y la única escapatoria para no caer es incorporarnos a esa rueda infinita de acumulación por acumulación.

Nuestros abuelos y nuestros padres aspiraban a no pasarlas canutas si coincidían el seguro del coche, una lavadora rota y unas gafas nuevas para el niño. Hoy esa estabilidad no solo es difícil de alcanzar, sino que muchos la consideran una forma de mediocridad. Ya no basta con sentirse a salvo: ahora necesitamos competir constantemente y demostrar que seguimos ganando.

Quizás por eso tantas personas que no nacieron con red -o al menos no con una capaz de sostener cualquier catástrofe- terminan identificándose con políticas que protegen a quienes más tienen. Me encuentro con frecuencia con gente de mi mismo nivel socioeconómico que se declara en contra de subir los impuestos a las grandes fortunas y que ve en la renta canaria de ciudadanía o en el ingreso mínimo vital una forma de perpetuar el asistencialismo. Mi sorpresa no nace de que discrepemos sobre cuál es la mejor estrategia económica, sino a la poca preocupación que muestran por apuntalar un estado del bienestar que no deje a nadie en el camino. Por solidaridad, sí, pero también por puro interés: quienes mañana necesiten esas ayudas pueden ser ellos mismos o sus hijos. Y, sin embargo, muchos empatizan más con un millonario que con un vecino que pasa apuros.

La meritocracia clásica nos prometió que con esfuerzo podríamos avanzar y escapar del destino que marcaban el lugar y la familia en que habíamos nacido. Hoy sabemos que no siempre es así: los orígenes son determinantes y arriesga quien tiene malla de seguridad. Eso no elimina el protagonismo del esfuerzo en la ecuación, pero sí lo sitúa en un lugar diferente.

A cambio, la meritocracia moderna nos ha traído otra relación con el dinero: hemos pasado de la aspiración de la clase trabajadora -no tener que preocuparse por él- a un modelo que nos hace pensar en él todo el día. Y nadie quiere abandonar el grupo de quienes están convencidos de que tienen capacidad para elegir su destino. Si lo hicieran, caerían en la pandilla de los perdedores, que se merecen estar allí porque no han hecho lo suficiente. Pero moralizar la desigualdad no solo es injusto o cruel, sino que tampoco parece la mejor estrategia para garantizar el progreso.

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