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Opinión | Punto de vista

El cabrero que leía a Mao

Cabrero de La Esperanza

Cabrero de La Esperanza / La Provincia

Melito nunca fue un niño. Siempre pensé que nació con 60 años. Es un viejo perpetuo, con mañas de cascarrabias y la mirada cansada de quien lleva demasiados años desconfiando del mundo. Desde hace décadas pastorea sus cabras como puede en el Valle de La Orotava. Lo hace con estilo, con el idioma y la nomenclatura propia de uno de los sectores más injustamente tratados de Canarias. De los cabreros nos suele molestar todo. El olor, las pintas y que dejan toda la calle llena de excrementos. Melito decía que había leído a Mao Tse-Tung, a Marx, a Galeano y hasta a los curas obreros latinoamericanos. Cuando lo encontraba bajando por el barranco de Tafuriaste, me hablaba del pueblo, de la dignidad del campesino y de la injusticia histórica contra quienes viven del monte. A veces parecía más un profesor universitario que un cabrero. Citaba frases completas de memoria y defendía la idea de que Canarias necesitaba recuperar el vínculo con la tierra. Melito representa una generación de hombres y mujeres muy vinculados al campo que no tuvieron la oportunidad de estudiar, pero que sintieron una relación especial con la lectura y la curiosidad por el conocimiento. Al final, los estereotipos hacen mucho daño, y con Melito pasa exactamente esto. Y como todo, tenía sus contradicciones, porque defendía el equilibrio, la justicia y el futuro, mientras dejaba que las cabras entraran donde no debían. Los vecinos se desesperaban. “Las cabras limpian el monte”, repetía él. Y era verdad. Las cabras limpian. Reducen maleza. Ayudan a prevenir incendios. Mantienen vivos caminos que el abandono habría devorado hace décadas. En el fondo, aquel cabrero evocaba una vieja tensión canaria: la nostalgia por el mundo rural frente a la realidad ecológica y urbana del presente. Él soñaba con devolverle el monte al pueblo, pero ignoraba que el territorio ya estaba agotado por años de presión humana. Defendía al campesino, aunque a veces terminaba perjudicando a otros vecinos igual de humildes. Tenía una conciencia social auténtica, pero contradictoria. No hablaba desde la comodidad. Vivía modestamente y compartía lo poco que tenía. Les hablaba a las cabras con el mismo entusiasmo que Sócrates a los jóvenes, aplicando a su manera una mayéutica muy particular. Hoy, mientras Canarias debate sobre incendios, abandono agrícola, sostenibilidad y conservación del paisaje, personajes así adquieren un valor simbólico enorme. Nos obligan a mirar las contradicciones de nuestra tierra: queremos un campo vivo, pero sin molestias; queremos tradición, pero también orden ecológico; queremos monte limpio, aunque sin asumir el coste de gestionarlo correctamente. El cabrero que leía a Mao Tse-Tung no cambió el Valle de La Orotava. Pero dejó una pregunta incómoda flotando entre barrancos y maleza: ¿cómo reconciliar justicia social, tradición rural y protección ambiental en una tierra tan frágil como Canarias? Melito nunca se olvida de llevar el Libro Rojo. Él mismo representa esa discrepancia ideológica tan extendida en tiempos de un revisionismo más que necesario. Melito sigue pastoreando sus cabras por la ciudad y el campo. Sigue creyendo en el Gran Salto Adelante del sector primario.

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