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Opinión | El recorte

Tres tristes trajes

Agentes de la Policía Nacional ante la sede del PSOE en Ferraz, ayer.

Agentes de la Policía Nacional ante la sede del PSOE en Ferraz, ayer. / Diego Radamés - Europa Press / Europa Press

En el año 2013 –y dos piedras– cuando la policía entró a saco en la sede del PP, nadie proclamó el fin de los tiempos. Era la democracia funcionando y el juez Ruz aplicando justicia. El PSOE fue demoledor. «Mentiras arriesgadas» dijo de la patética y desesperada defensa del PP mientras los medios de comunicación hundían el cuchillo en la corrupción de la derecha. Mariano Rajoy, noqueado, echaba mano de la peregrina teoría de la conspiración, diciendo que «no era una trama del PP, sino una trama contra el PP». Y llovieron filtraciones de fotos del sumario, las agendas de Bárcenas y los mensajes, «Luis, sé fuerte», para mayor gloria del periodismo de investigación.

Trece años después, la policía entra en la sede del PSOE y parece el apocalipsis. Cerdán, Ábalos y Koldo yacen exánimes, como oxidados restos de un naufragio ya casi olvidado. Hay carne fresca. En un par de días se abrirá el juicio contra el hermano de Sánchez. Luego le tocará pena de telediario a Begoña Gómez. Y por último la cita histórica de Zapatero, el primer expresidente de España en pasar por la quilla judicial. Todo esto no es una conspiración, sino el ruido de un naufragio. El crujido de las cuadernas de un barco que se hunde mientras el capitán, con el agua por las rodillas, asegura que no pasa nada.

La presunción de inocencia es un derecho que protege a los ciudadanos y obliga a los jueces. Pero no alcanza al juicio de la opinión pública, que va a su bola. Los portavoces de Moncloa que ahora lo invocan constantemente no lo habían descubierto cuando los tribunales de papel estaban juzgando a sus adversarios electorales. A Francisco Camps, presidente valenciano, le cayeron en la crisma tres tristes trajes por los que fue condenado y ejecutado sumariamente en los titulares de toda España y sus conversaciones íntimas fueron difundidas para provocar carcajadas inmisericordes. En algún momento fue declarado inocente a título póstumo. La presunción de inocencia, por aquellos años, debía estar de vacaciones.

El anciano problema de las dos Españas, resucitadas por la memoria histérica del oportunismo electoral, es que desde ninguna trinchera se puede ver el paisaje de la realidad. Hay dos países que, como sus dirigentes, han recordado cómo odiarse. Y no sé quién disparó primero. Si Aznar que rompió el pacto antiterrorista y jugó sucio con Felipe González o Zapatero, que hizo lo mismo cuando tuvo una sangrienta oportunidad. Pero entre los unos y los otros y sus extremos, hemos terminado otra vez en el fanatismo más cerril.

La derecha –porque nuestra historia es la que es– carga con la fama. Y la izquierda carda la lana. La corrupción, en el manual progre, es consustancial en los fachas y una decepción imprevista entre los suyos: la traición a una moral que presumen de poseer en exclusiva. Hacen de dolidas plañideras, pero siguen aguantando el ataúd. Tiene más utilidad un gobierno debilitado, estragado por los escándalos, que uno de derechas, tan odioso como inconveniente. Pero haciendo crecer el pus, gangrenan la herida. Escriben su propio ensayo sobre la ceguera y el lobo vendrá con los dientes más largos. Engordan a los ultras que, por los dos extremos, son el futuro disolvente de esta democracia sin demócratas.

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