Opinión | Al filo de las letras

Periodista y escritora
Las bromas que se convierten en bombas

Israel sigue atacando Gaza y mata a una mujer y una niña de 6 años
Unas risas y se calman las aguas. El humor hace eso: relajar la tensión, normalizar las interacciones, lavar las ideologías y perfumar los valores más pestilentes con un suavizante que huele a flores. Hace pocos días vimos que la televisión de Israel bromaba sobre levantar el escenario de Eurovisión sobre las ruinas y los escombros de Gaza. No era un chiste, ni una broma, ni una especulación; era un anuncio de los juegos de Israel patrocinados por la impunidad internacional.
Cuando haya pasado algo más de tiempo, y el genocidio en Palestina se sienta como hoy sentimos el holocausto nazi, el filtro será diferente. No nos extrañará ir de vacaciones a la Franja de Gaza para tomar piña coladas sobre una tumbona en primera línea de playa mientras un espectáculo en directo ameniza la puesta de sol. Aún parece una idea disparatada, pero la erosión de los años y las maquinarias del poder hacen mucha mella en las guerras de desgaste. La alerta ya se está apagando: cada vez se habla menos de Palestina, el foco se desplaza a otras noticias, decae la ayuda extranjera y el gobierno de Netanyahu continúa su ansia expansionista a golpe de bomba, sin que ningún alto al fuego lo detenga, también en otros países.
Ya sea con luces y música, un gran complejo hotelero o un pinkwashing de manual, el sionismo siempre ha pretendido poner un lazo bonito a la destrucción palestina que lleva décadas maquinando. La ‘broma’ de hoy es el resultado de muchos años de deshumanización, odio visceral y violencia cuyos inicios también están en esas ‘bromitas inofensivas’ que tanto gustan a los fascistas, machistas, racistas y genocidas. Me tomo la licencia de agrandar el saco y meter varios ismos porque –qué sorpresa– unas burradas y otras suelen ir de la mano.
Hagamos un repaso. Unas «vistas impresionantes» o un «paisaje abierto con vistas al mar» son los calificativos que la televisión israelí pone a las tumbas de miles de personas. Y la agonía de aquellas que aún están vivas, tratando de seguirlo. Bromear es una estrategia para normalizar, y por eso es una herramienta muy apetecible para cualquier régimen que pretenda borrar, eliminar o erradicar aquello que no le gusta. «Hay muchos aparcamientos, no hay rascacielos y hay espacio para construir escenarios, son todo áreas abiertas», decían en directo, entre risas.
Aquello de lo que nos reímos no es una simple broma: es el reflejo de lo que somos y advierte de lo que podríamos llegar a hacer. Ya ha pasado mucho tiempo desde que el daño es irreversible en Gaza, y la cosa solo va a peor. Estamos en un punto en que las bromas ya no dan pie al genocidio; más bien, el propio genocidio ha legitimado que se pueda bromear sobre cualquier cosa. Cuando eso sucede, ¿qué es una broma y qué es una amenaza? Ya no existe la diferencia. La línea divisoria solo la traza quien escucha, decidiendo si prefiere indignarse frente a la barbarie o callar porque, total, solo es una broma.
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