Opinión | El recorte
Una lápida enjoyada

José Luis Rodríguez Zapatero. / Shutterstock
En la España que vivimos, todo el mundo es presunto culpable hasta que pueda demostrar su inocencia. Y a veces, aunque la demuestre. Apenas habíamos empezado a digerir las grasientas chistorras y las orgías en los paradores nacionales cuando ya tenemos que empezar a masticar sobres de dinero en efectivo de procedencia china, rescates amañados y lingotes de oro flotando en petróleo. Los molinos, como siempre ocurre, se vuelven gigantes. Clavos del ataúd público de aquel «hombre tranquilo» llamado Zapatero.
Los partidos que sostienen al actual gobierno cuelgan de Moncloa sobre un gigantesco abismo electoral, agarrados a una cuerda de la que, al otro extremo, cuelga el cuerpo difunto de Pedro Sánchez. Todos saben que si la sueltan, para que caiga el contrapeso del fiambre, también se desplomarán ellos. Por eso sobrevive el muerto y agonizan los vivos.
Los vascos del PNV están sufriendo lo indecible porque el desgaste de los escándalos de corrupción les está pasando factura ante su propio electorado (los análisis que localizan su incomodidad en sus principios éticos producen más risa que otra cosa). La muchachada de Junts, a la que también le crecen los enanos electorales -especialmente la Alianza Catalana de Silvia Orriols- se mesan desesperados las pelucas de Puigdemont sin saber exactamente lo que hacer, porque siendo malo estar con este Gobierno que huele a muerto sería mucho peor apostar por uno de derechas. Y luego están los socios a la izquierda del PSOE, los nuevos comunistas, en sus diferentes marcas, originales y blancas, que consideran una tragedia perder los ministerios y los fondos que manejan desde Sumar y no están dispuestos al destete, así les despellejen vivos.
Al otro lado está la oposición con sus propias miserias. Un PP al que no le salen las cuentas y solo puede enseñar los dientes de un liderazgo fofito. Y los de Vox, que se frotan las manos, porque saben que con cada nuevo escándalo de una democracia bichada hay más gente desencantada que puede acabar en el chinchorro de su indignación. Solo les queda esperar a que caiga la fruta madura, aunque Abascal, que solo escucha a Manolo Escobar, ignore que el plátano maduro nunca vuelve a verde.
Y así estamos. Congelados en la incertidumbre. Con un desgobierno inverosímil y unas elecciones imposibles. Un punto muerto de precario equilibrio sobre la boca de la fosa. Un régimen en descomposición cuyos efluvios son ya imposibles de disimular ni con todos los ventiladores de los medios públicos. No hay dios que salve del desánimo al disciplinado y admirable ejército de kamikazes aplicados a la desmoralizada defensa de lo indefendible. Émulos de los que en 2008 se ahogaron en su propia vergüenza perjurando que no habría crisis.
¿Qué pasará con las joyas encontradas en la caja fuerte del local del PSOE que usaba Zapatero como oficina? ¿Un regalo de Maduro que se olvidó de declarar al fisco? ¿Una herencia de Catalina La Grande? Si son falsas, serán la imagen misma de Zapatero.
Si son reales, su lápida. Hasta aquí hemos llegado: el futuro del socialismo, pendiente de la tasación de un experto joyero. «Ser socialista es tener muy poco y dar mucho» decía el diamante de la izquierda española. Eso sí era bisutería.
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