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Opinión | El recorte

No era fango, era mierda

José Luis Rodríguez Zapatero, en una imagen de archivo.

José Luis Rodríguez Zapatero, en una imagen de archivo. / José Luis Roca

Con esto de los escándalos del Sanchismo se nos está yendo la olla. Pero mucho. Hay un hecho aplastante que no se puede negar: si el expresidente Zapatero se ha metido en el bolsillo parte del dinero público que se entregó a la compañía Plus Ultra, lo tiene crudo. Aunque lo haya articulado con una diligente ingeniería financiera, dando saltos de una empresa a otra. Si lo ha hecho, lo van a trincar siguiendo el rastro del dinero. Y eso tiene nombres y apellidos en el Código Penal.

Ahora bien, que Zapatero se haya forrado con la dictadura china o con la venezolana de su amigo Maduro y su íntima Delcy Rodríguez no tiene más reproche judicial que el que haya pagado sus correspondientes impuestos. Como tampoco pinta nada en este festival el hijo de Manuel Fajardo, que es un empresario de a pata, que se puede forrar con lo que quiera que tenga la suerte de hacer por ser quién es. Esos titulares que se escandalizan de que haya llamado a no sé quién con el teléfono de su madre -que es magistrada- tienen muy poco sentido. Como si hubiese llamado desde el teléfono de su abuela. ¡Qué más da! No es un cargo público, es un ciudadano más.

El problema es que la red establecida con los dirigentes de la república bolivariana haya esquilmado el dinero público de Venezuela. Que se hayan cometido delitos fiscales al mover el capital por paraísos fiscales. Que no se hayan declarado los bienes de los que se habla, desde minas de oro a sacos de dólares por la venta del petróleo, a la hacienda española. Si algo de eso ha sucedido, entonces sí que se les puede caer el pelo con el fisco. Ganar dinero no es delito, pero no compartirlo con la Agencia Tributaria sí.

Luego hay otra dimensión que más que con la ley tiene que ver con la ética. Durante años, Zapatero protagonizó un elevado y angelical discurso a favor de la solidaridad y en contra de la ambición. Participó de forma entusiasta en la campaña de odio contra la riqueza considerada como un robo, esa herrumbrosa teoría del comunismo que promueve que todo el mundo debe ser igualmente pobre, excepto, claro, los dirigentes del partido único. Sus palabras ante la Internacional Socialista planteando la necesidad de establecer límites a la riqueza ante la cantidad de pobres que hay en el mundo -como si una cosa y la otra fueran causa y efecto- parecen hoy, visto lo visto, una especie de hiriente sarcasmo. Probablemente tan consecuente y tan ético como su laborioso trabajo de resucitar las dos Españas que se odiaban, pacificadas y enterradas en la Transición. Una rentable línea de polarización que entregó como un testigo a Pedro Sánchez para que siguiera cavando la mina electoral.

Aunque la causa abierta en la Audiencia Nacional pinta muy fea para Zapatero, nadie puede anticipar las decisiones de los tribunales. Lo que sí se puede es adelantar una sentencia social. Aquel político que decía que la tierra es del viento se dedicó a facturar cuando dejó su cargo. El que tanto procuraba por los pobres del mundo se codeó con los gobernantes de una tiranía bananera para obtener riqueza por influencias. Puede que nada de eso acabe en delito -ya lo dirán los jueces- pero ha terminado llevando algunos a un mar de mierda. No era fango, sino excrementos. El odio a la riqueza resulta que era a la riqueza ajena. Y el discurso, una peluca como la de Puigdemont.

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