Opinión | Análisis
Coexistir, cohabitar, convivir

Nuevo edificio de viviendas en la capital grancanaria. / Andrés Cruz
España vive hoy una paradoja que ya no puede explicarse únicamente con los viejos esquemas del desempleo masivo o de la falta de crecimiento. Los datos recientes muestran algo más complejo y más incómodo: coexisten simultáneamente crecimiento económico, creación intensa de empleo, récord de afiliación y, al mismo tiempo, bolsas estructurales de paro, vacantes sin cubrir y una creciente sensación de fragilidad social.
Europa, España y Canarias representan tres fases distintas de un mismo problema. Europa convive con la escasez de trabajadores.
España cohabita con una dualidad laboral persistente. Canarias, directamente, coexiste con dos realidades opuestas que no terminan de encontrarse: empresas que no consiguen contratar y decenas de miles de personas que no logran incorporarse al mercado laboral. La Curva de Beveridge –ese aparentemente frío instrumento estadístico– revela en realidad una cuestión profundamente política y social: la distancia entre el empleo que existe y las personas que deberían poder ocuparlo.
Europa mantiene tasas de paro relativamente bajas y una presión creciente por envejecimiento demográfico. El problema europeo es cómo sostener su productividad y su estado del bienestar con menos población activa.
España presenta otro escenario. Ha sido capaz de liderar parte de la creación de empleo en Europa, pero continúa registrando una anomalía estructural: demasiados desempleados para el volumen de vacantes existente. Eso significa que el problema ya no es solo económico; es organizativo, educativo, territorial y productivo.
Y Canarias concentra esa contradicción de forma aún más visible. El Archipiélago encadena crecimiento turístico, aumento de actividad y necesidad empresarial de contratación, mientras mantiene tasas de desempleo muy superiores a la media europea. Hay sectores enteros –hostelería, construcción, cuidados, transporte– donde las vacantes permanecen abiertas durante meses. No porque no exista necesidad de trabajar, sino porque el modelo empieza a mostrar fisuras más profundas con renta disponible insuficientes para el coste real de vida, dificultades en el acceso a la vivienda, escasa movilidad, baja productividad, formación desconectada de la demanda empresarial y una estructura económica excesivamente concentrada en actividades de bajo valor añadido.
Durante años España interpretó el empleo como una cuestión de cantidad. Hoy el desafío es otro: calidad, adecuación y sostenibilidad.
No basta con crear puestos de trabajo si esos puestos no permiten construir proyectos de vida. Tampoco basta con aumentar contratos si el tejido productivo continúa atrapado en actividades estacionales, márgenes estrechos y escasa innovación. El verdadero riesgo no es únicamente económico. Es social.
Porque cuando una sociedad coexiste permanentemente con la contradicción entre empleo y precariedad, entre crecimiento y frustración, entre oportunidades aparentes y bloqueos reales, termina deteriorándose la confianza colectiva. Y sin confianza no existe convivencia sólida.
Aquí aparece precisamente la diferencia entre coexistir, cohabitar y convivir.
Hoy Canarias coexiste con el problema. España cohabita con él desde hace décadas. Europa intenta convivir con sus propias transformaciones demográficas y productivas. Pero convivir exige algo que todavía no hemos construido: un modelo capaz de conectar productividad, salarios, vivienda, formación y expectativas de futuro.
Salir de esta situación requiere abandonar las soluciones parciales y asumir reformas de fondo. Primero, una transformación seria de la formación profesional y de la orientación laboral, conectada directamente con las necesidades reales de las empresas y con los sectores emergentes.
Segundo, elevar la productividad. Ninguna economía puede sostener salarios dignos y estabilidad social con estructuras productivas débiles. La discusión sobre productividad no es técnica; es la discusión sobre el nivel de vida futuro.
Tercero, resolver el acceso a la vivienda en territorios tensionados como Canarias. Un mercado laboral no funciona cuando trabajar no garantiza poder vivir cerca del empleo. Cuarto, diversificar la economía. El turismo seguirá siendo fundamental, pero no puede continuar soportando en solitario todo el peso estructural del crecimiento. Y finalmente, recuperar una cultura política y social de largo plazo. España lleva demasiado tiempo gestionando urgencias sin abordar las inercias estructurales que perpetúan el problema.
La cuestión ya no es si se crea empleo. La cuestión es qué tipo de sociedad se construye alrededor de ese empleo. Porque una economía puede coexistir con las contradicciones durante años.
Incluso puede cohabitar con ellas durante décadas. Pero ninguna sociedad prospera verdaderamente hasta que aprende a convivir con dignidad, equilibrio y horizonte compartido. n
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