Opinión | La Calle Nueva
Chirino, Sergio Ramírez y otros visitantes de mi casa

Martín Chirino.
Hace muchos años, cuando vivía mi madre, la casa se llenaba de gente. El patio, que ahí está, siempre mirando a la cocina, era el lugar en el que ella situaba a los visitantes, a los que agasajaba con todo tipo de viandas que se inventaba ella. Cuando acababan de comer aquellos visitantes ella siempre tenía a mano postres insólitos.
A ella no le importaba que esos postres estuvieran en el canon de los almuerzos, así que venía de la cocina con más huevos fritos, que los amigos aceptaban como si fueran frutas. Ella era la dueña de la casa, siempre lo fue, jamás la vi dejar que mi padre, que era su primo, se hiciera cargo de nada de lo que ocurría más allá de la platanera.
Ella era la que mandaba en la casa y también en las afueras, y en esas visitas de mis amigos ella era también la que llevaba la voz cantante. Intervenía en las conversaciones, opinaba de lo que ocurriera y trataba de adivinar los trabajos de los que venían a vernos.
En aquel entonces yo era un joven periodista que, por esa razón, tenía relación con medio mundo de aquellos tiempos, y ella terminó por saberse también los nombres propios y los trabajos de los que venían a comer en casa, por ejemplo, los huevos fritos.
Entre aquellos visitantes hubo algunos que ya no están y otros que tienen mi edad de ahora y que entonces, cuando vivía mi madre, eran habitantes nocturnos de la casa, porque venían a traerme desde las salas de fiesta que había entonces en el Puerto de la Cruz, mi pueblo.
Ellos me iban a dejar en casa, pero mi madre, al oírlos llegar, los animaba, desde su cama, a comerse unos huevos fritos en la cocina… En los días con luz ella recibía a gente como Fernando Delgado, Martín Chirino, José Luis Fajardo o Emilio Sánchez-Ortiz, juntos o por separado. La conversación era vibrante y simpática; ya he contado aquí alguna vez que en cierta ocasión mi padre, que era experto en deudas propias, me llamó a un aparte para decirme que le pidiera a Chirino, que él consideraría el más pudiente, algún dinero que le aliviara sus deudas propias…
Se lo dije a Martín, tan generoso, tan gran artista y tan buen amigo, y el artista se las arregló para que mi padre aliviara sus deudas… Eran tiempos en que casi todo era difícil, pero en lo que casi todo se tornaba aliviado por la generosidad y la alegría.
Tiempos recios, sí, como decía santa Teresa, o como decía Mario Vargas Llosa, pero también tiempos aliviados por la edad (éramos todos unos pipiolos, los mayores también) y por el sentimiento de que el porvenir duraría toda la vida. El tiempo pasó, unos viajamos al extranjero o a la península, la vida se fue achicando para muchos de nuestros parientes o amigos y ya empezamos a contar el futuro con menos dedos que esperanza.
Murió mi madre muy pronto, y la casa se nos quedo expectante, vacía, llenaba sin embargo por el entusiasmo generoso de mis hermanas, Candelaria y Carmela, que vivieron siempre bajo el manto feliz de aquel patio en el que, en el tiempo pasado, fue lugar de encuentro con quienes las fueran a ver, a ellas y a los chicos que fueron creciendo y que ahora, felizmente, celebran esa generosidad que todos heredamos.
En una de esas visitas al patio, y a la casa de todos nosotros, hubo una vez la de Sergio Ramírez, el escritor nicaragüense al que había editado libros en Alfaguara, la editorial que yo había dirigido por entonces. Iba solo, su mujer, Tulita, tan buena y tan alegre («¡qué alegre!», dice cuando te ve) estaba quizá en Nicaragua o en Madrid. Aun Daniel Ortega, el dictador que devino en sátrapa y en enemigo de la propia Nicaragua y de patriotas como Sergio Ramírez, no lo había expulsado de su propio país.
A casa llegó, pues, Sergio. Se sentó en el patio de todas nuestras visitas, y poco a poco se fue haciendo, en el rato que estuvo allí, con mis hermanas, conmigo, con nuestra vida y con nuestros recuerdos. Parecía que de pronto era ya uno de los nuestros.
Veníamos del Teide aquel día; él se había extasiado ante aquellas bellas mañanas de la Isla, mantuvo su curiosidad por la tierra sobre la que vivíamos, era ya uno de los nuestros. Fue un viaje hermoso y fraternal; mis hermanas recordarían para siempre esa visita, y para mi fue como si un hermano le creciera a aquella casa.
Ahora que Sergio Ramírez acaba de ser elegido académico de la Lengua Española me he acordado de aquellos momentos, de su vida, de mis hermanas con él, de la casa en la que vivíamos y a la que vinieron tantos cuando el mundo nos parecía abierto, generoso y vital y para siempre.
Aquella tarde con el que ahora es académico electo y que en aquel rato se hizo de las Islas y de aquel patio forma parte de lo inolvidable de mi vida y lo fue también de aquellas dos hermanas que parecían, en aquella tarde, seguir la pasión de mi madre por hacer de las visitas un rato para toda la vida.
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