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Opinión | Risas y fiestas

Aida González Rossi

Ruines anónimas

Ruines anónimas

Ruines anónimas / Shamir Auyanet

En 2019, cuando estaba escribiendo mi primer poemario “largo”, empezó a preocuparme muchísimo la cuestión del nombre. Qué significa tener nombre. Qué sucede cuando el yo, esa masa de hojitas, se comprime en una sola palabra que debe intentar contenerlo y se va viendo encima erosionada por las lenguas que la toquetean y la mueven como un caramelo de los de la vaca que acaba perdiendo el botoncito que tenía en el centro y volviéndose hasta cortante. ¿Te puede rajar tu propio nombre, traicionarte, impedirte ser la chiquitita persona que brilla debajo y hace fuerza para que nada la escache ni limite? Esta es, claro, la típica inquietud por la no correspondencia del símbolo, pero aplicada a algo tan sensible como la identidad propia, por otra parte siempre incomunicable e incluso, si lo pensamos, misteriosa para nosotres mismes, que también somos lo que les otres detectan que somos. Es compleja esta cosa, y es normal que tantes poetas hayan pensado y requetepensado en sus relaciones con sus propios nombres. Pienso en Alejandra Pizarnik y su “alejandra alejandra alejandra/debajo estoy yo/alejandra”.

A veces, hablando por ahí con gente que empieza a escribir, sale el tema de: es que me cuesta muchísimo escribir porque tengo en la cabeza que lo va a leer mi madre o mi prima y eso me frena, o: es que escribo pero no lo voy a publicar jamás porque no quiero que lo lea nadie de mi entorno. O: es que quién soy yo para contar estas historias, si otres las han vivido conmigo y por qué mi perspectiva tendría algo de validez. Negociar con el propio nombre, supongo. Es posible que alguno de estos sentimientos arrasadores sea el que lleva a Elena Ferrante, una de mis escritoras favoritas, a escribir poniéndose otro nombre como quien se pone una camisa especial para una sola actividad especial. Nadie sabe cómo se llama la persona que realmente teclea sus libros, solo sabemos cuál es la firma que une todas esas historias y nos hace saber que salen de una misma cabeza, de una misma vida. Por supuesto, se ha especulado mucho sobre la identidad de la autora, e incluso se han hecho investigaciones que han dado con respuestas a medias de esas que dejan al personal medio contentito porque quizá es que no podemos soportar no saber bien quién nos está hablando o que alguien pueda hablar sin enfrentarse a las consecuencias de haber hablado. Me interesa mucho esto último.

Yo ahora estoy leyendo Un mal menor, el segundo libro de una nueva colección chulísima de la editorial Barrett: sacarán ocho títulos, narrativa y poesía, sin firma de autore. No se sabe quiénes han escrito eso. Desde que vi el anuncio de la colección, me entusiasmé: las cosas que somos capaces de hacer las personas cuando no tenemos que responder ante nadie, cuando no se nos va a botar nuestro nombre en la cara y no tenemos que ir pisando huevos por si acaso molestamos o algo. No hablo solo de las consecuencias del anonimato tras la publicación (la libertad de interpretación del texto, la curiosidad, ese descoloque), sino de las consecuencias del anonimato durante la escritura. Que no se nos vea nos convierte en seres ruinillos, capaces de romper normas que parecen grabadas en nuestra piel con un cutter y sin embargo. Nos volvemos personas dispuestas a arriesgar, a tocar temas que no se tocan, incluso a no ser entendidas del todo, a dejar flotar el texto en el agüita de la ambigüedad que tanto nos asusta y tan calentita está. Un mal menor, de hecho, es una novela sobre una mujer, Carla, que maltrata a su hija. Es un texto muy complejo, muy duro, muy incorrecto, y está escrito con una diversión que me impacta, como si las oraciones pudieran irse por cualquier lado y enredarse en imágenes rarísimas que incomodan un montón. Un tipo de incomodidad muy interesante, buscado por le autore, que no busca complacer a nadie: todo lo contrario.

Creo que lo mismo pasa con Elena Ferrante. Sus protagonistas a menudo son como medio malas. Como que tienen sentimientos de esos oscuros que todes tenemos pero no confesamos porque nos parecería terrible que se soldaran a nuestros nombres y formaran parte de esa lisez lingüil ajena. O de lo que hay debajo. La tía suelta una cosas que agüita y se queda tan pancha, porque nadie la va a acusar de nada, y no tiene que ganarse su propia voz, no tiene que dudar de que a ella la desoigan. No es ella, pero justo por eso puede ser más ella que en ningún otro espacio. Le tengo envidia. Me pregunto si en 2019, cuando estaba escribiendo ese poemario, tenía que haberme buscado un nombrete: estoy segura de que así las cosas que he escrito habrían sido mejores. Quizá todo lo que busco se resolvería sin nombre. n

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