Opinión | Observatorio
José Miguel González Hernández
El precio del error

Relojes, joyas y dinero en efectivo / El Día
La economía suele analizarse mediante grandes cifras. Se analiza el crecimiento del PIB, la inflación, la productividad, los tipos de interés, el déficit público, los niveles de endeudamiento o el empleo, entre otras variables. Sin embargo, detrás de cada ciclo económico, de cada empresa o de cada familia que modifica su situación, existe un elemento mucho más simple y decisivo que no es otro que la toma de decisiones. La importancia radica en que personas, empresas e instituciones viven permanentemente expuestas a tomar, en todo momento, diferentes elecciones que pueden modificar una trayectoria. De hecho, no hacen falta cien errores para provocar una crisis ni cien aciertos para generar prosperidad. En muchas ocasiones, tres decisiones estratégicas bastan para cambiar el rumbo.
La primera gran decisión económica que determina el futuro es elegir entre consumir inmediatamente o invertir para obtener un beneficio posterior, debido a que la diferencia entre sociedades opulentas y sociedades estancadas suele comenzar aquí. Las economías más desarrolladas no son necesariamente las que más consumen, sino las que logran transformar parte de su renta presente en capacidad productiva futura. Esa transformación requiere disciplina, visión estratégica y capacidad para soportar costes inmediatos a cambio de beneficios diferidos. El problema es que el consumo genera satisfacción instantánea, mientras que la inversión exige paciencia. Por eso muchas crisis financieras nacen de la incapacidad de distinguir entre riqueza real y sensación temporal de prosperidad. Cuando se vive exclusivamente del presente, aumenta la vulnerabilidad ante cualquier perturbación.
En este sentido, las economías que priorizan la inversión en productividad suelen mostrar una mayor resiliencia. El conocimiento, la energía o la innovación tecnológica no producen resultados inmediatos, pero generan ventajas competitivas acumulativas en el largo plazo. En este campo, la deuda es probablemente la herramienta económica más poderosa creada. Bien utilizada, acelera el crecimiento; mal utilizada, destruye patrimonios. Aquí es donde aparece la segunda decisión crítica, que no es otra que preguntarse cómo y para qué endeudarse. Llegados a este punto, hay que ser consciente de que existe una diferencia enorme entre deuda productiva y deuda improductiva.
La deuda productiva es aquella que genera capacidad futura de pago, funcionando como un multiplicador económico. Sin embargo, la deuda improductiva financia consumo sin retorno futuro. Cuando el crédito se utiliza para sostener niveles de gasto incompatibles con la capacidad real de generación de ingresos, el sistema se vuelve extremadamente frágil. De hecho, uno de los mayores problemas de las economías modernas es que el acceso al crédito puede crear una ilusión de riqueza. Durante un tiempo, parece que el crecimiento es sólido porque aumentan el consumo, la inversión y, por ende, la actividad económica. Pero si detrás no existe productividad suficiente, el endeudamiento termina convirtiéndose en una carga estructural, revelando que no es la deuda lo que destruye una economía, sino la incapacidad de generar ingresos suficientes para sostenerla. La segunda decisión económica, entonces, no consiste en evitar toda deuda, sino en comprender si esa deuda crea valor futuro o únicamente adelanta consumo presente.
La tercera decisión que suele separar el éxito del fracaso es la capacidad de adaptación. Solo hace falta detenerse a contemplar la velocidad de evolución de nuestro entorno económico, donde sectores completos aparecen y desaparecen en pocas décadas. En este contexto, la resistencia al cambio puede convertirse en un enorme coste económico, de forma que, si un factor de producción deja de actualizar competencias, reduce progresivamente su valor, porque la historia económica demuestra que las ventajas competitivas rara vez son permanentes. Solo hay que ver qué era Canarias a mediados del siglo pasado y qué es ahora.
Hace apenas unas décadas, muchas grandes corporaciones parecían invulnerables y hoy han desaparecido o han perdido relevancia. Del mismo modo, regiones económicamente deprimidas han logrado transformarse mediante innovación, conectividad y especialización inteligente. La clave está en entender que el cambio no es una anomalía del sistema: es el propio sistema. Sin embargo, adaptarse implica asumir costes relativos a la inversión, la incertidumbre, la formación y la reorganización, de forma que, en ocasiones, hay que abandonar modelos que antes funcionaban. La tercera decisión estratégica consiste, por tanto, en determinar si se compite contra el futuro o se evoluciona con él.
En definitiva, una economía puede mostrar una apariencia de fortaleza durante años mientras, en paralelo, va acumulando desequilibrios internos que tarde o temprano terminan aflorando. En estos casos, el factor determinante no suele ser un acontecimiento aislado, sino la acumulación de decisiones pequeñas y recurrentes que, con el paso del tiempo, generan efectos exponenciales. Por ello, asumiendo que no hay que reinventar la rueda, ahorrar de forma constante, invertir en formación, mantener bajo control el endeudamiento, mejorar la productividad, innovar de manera gradual o diversificar las fuentes de ingresos son prácticas que, por sí solas, pueden parecer poco relevantes en el corto plazo, pero que terminan marcando diferencias sustanciales en el largo recorrido económico y patrimonial.
De la misma manera, los errores rara vez se manifiestan como un colapso inmediato. Un gasto excesivo puntual difícilmente compromete la estabilidad de una economía doméstica, pero el desequilibrio persistente entre ingresos y gastos sí lo hace de forma inevitable. Una inversión equivocada aislada puede corregirse con el tiempo, mientras que una secuencia continuada de decisiones impulsivas tiende a derivar en un deterioro financiero progresivo. Existe, además, una tendencia extendida a atribuir los resultados económicos exclusivamente a factores externos, pero incluso en contextos complejos las decisiones individuales y organizativas conservan un peso determinante. La economía no elimina la responsabilidad estratégica; en realidad, la refuerza.
En periodos de incertidumbre, las diferencias entre quienes planifican y quienes improvisan tienden a ampliarse. La volatilidad económica penaliza especialmente la ausencia de previsión y premia la capacidad de anticipación. Por ello, las economías más resilientes no son necesariamente las más ricas en términos absolutos, sino aquellas mejor preparadas para absorber impactos y adaptarse con rapidez a los cambios del entorno. Entendiendo que las trayectorias no suelen modificarse por azar, sino por secuencias de decisiones que se refuerzan entre sí. De hecho, el éxito económico rara vez es el resultado de una única decisión extraordinaria. Más bien, emerge de la suma de múltiples decisiones correctas mantenidas de forma consistente durante periodos prolongados. Del mismo modo, el deterioro económico casi nunca comienza con una catástrofe repentina, sino con una serie de decisiones equivocadas sostenidas durante demasiado tiempo. Avisados quedan.
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