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Opinión | Claroscuro

Saray Encinoso

El ser humano no existe

Una persona usa la aplicación de inteligencia artificial ChatGPT en el ordenador.

Una persona usa la aplicación de inteligencia artificial ChatGPT en el ordenador. / Europa Press

Hace unos días me encontré en Instagram con una publicación que primero me hizo gracia y después me inquietó. Alguien había escrito que preferiría que leyeran sus chats de WhatsApp a las conversaciones que mantenía regularmente con ChatGPT. Es decir, esa persona reconocía que tenía más intimidad con la herramienta de inteligencia artificial que con los contactos que formaban parte de su agenda, fuera cual fuera el vínculo que le unía a ellos. A fin de cuentas, con el popular robot podía estar a solas y hablar con libertad, sin miedo al juicio ajeno.

Pocos días después circuló por las redes otra historia igual de desconcertante: el cuento premiado en la sección del Caribe del premio Commonwealth de relato corto parecía haber sido generado con inteligencia artificial. El texto no había pasado el filtro de uno de esos detectores de IA que presumen de no ofrecer falsos positivos. La polémica no acabó ahí. Más tarde se insinuó que también la fotografía del supuesto autor había sido creada mediante una de estas herramientas y que incluso algunas valoraciones del jurado habían sido redactadas del mismo modo. Cuentos escritos por máquinas y juzgados, en parte, por máquinas.

La prestigiosa revista Granta, que publica cada año el relato distinguido con este galardón, tuvo que dar explicaciones. «Puede que los jueces hayan otorgado ahora un premio a un caso de plagio mediante IA; todavía no lo sabemos, y quizá nunca lleguemos a saberlo», aseguró la editora de la publicación, Sigrid Rausing.

En este caso no se trataba de un experimento planificado. No fue un ensayo como el que, en 2025, llevó a cabo Il Foglio, el diario italiano que publicó dos versiones de su edición diaria, una elaborada por sus redactores y otra generada con inteligencia artificial.

Desde que el uso de la IA se generalizó, sobrevuela la pregunta de si los robots serán capaces de escribir ficción y suplantar a los escritores. Hasta no hace mucho, yo estaba en el grupo de aquellos que creían que eso era imposible. La materia prima de un autor es la experiencia. No escribimos solo cuando estamos delante del ordenador. Escribimos cuando paseamos, cuando escuchamos música, cuando nos duchamos y cuando estamos tumbados en el sofá mirando al techo. Y una máquina no puede hacer nada de eso porque no camina, no divaga, no se distrae.

Pero últimamente empiezo a preguntarme si estamos entendiendo cómo se alimentan estas herramientas. ¿Qué ocurre cuando todas esas dudas, inseguridades y zonas oscuras que forman parte de nuestra identidad terminan en esa zona de confort en la que se ha convertido ChatGPT para tanta gente? ¿En qué se convierte una inteligencia artificial cuando tiene acceso a nuestras confesiones más privadas?

Los robots se entrenan. Cada conversación con un humano los vuelve más eficaces. Pero ¿qué clase de habilidades adquieren cuando les entregamos información que a veces no compartiríamos ni con la persona con la que vivimos? ¿No terminan asumiendo también nuestros miedos, contradicciones y deseos? ¿No los vuelve eso más capaces de construir personajes complejos, conflictos verosímiles, tramas similares a las que nosotros inventaríamos?

Ahora es relativamente sencillo detectar un texto redactado con una herramienta de inteligencia artificial poco sofisticada. Internet está plagada de ellos; repiten la misma estructura sintáctica y los mismos términos de una forma tan obvia que resulta fácilmente perceptible no solo para los detectores de IA sino también para el lector familiarizado con esta tecnología. Pero pensar que no van a evolucionar y a perfeccionar su estilo, incluso adaptándolo milimétricamente al del humano que lo interpela, es extremadamente ingenuo. Y saberlo plantea otras cuestiones más delicadas: ¿una máquina puede provocarnos un sentimiento tan verdadero como lo provoca lo que crea otra persona?

Tengo muchas preguntas sin respuesta sobre cómo nos cambiará esta revolución tecnológica. Pero la cuestión que más desasosiego me genera tiene que ver con cómo construimos el presente y el futuro. Según la Real Academia Española, escribir es representar las palabras o las ideas con letras u otros signos trazados en papel u otra superficie. Es, en definitiva, una forma de pensar. Muchas veces no sabemos qué pensamos hasta que escribimos. Si delegamos esa función, la inteligencia artificial articulará un discurso basado en lo que cree que nosotros pensaríamos. Hará una predicción. En medio no habrá borrones ni tachones ni cambios de rumbo. Y ya se sabe lo que ocurre con los pronósticos: que muchas veces se cumplen porque caminamos hacia ellos.

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