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Opinión | Punto de vista

El canario que perdió el seseo

El cantautor canario, Pedro Guerra.

El cantautor canario, Pedro Guerra. / LP/DLP

Estuve dos años entre Madrid y Castilla-La Mancha y jamás me pasó algo parecido. Nunca, pero nunca, me levanté con ganas de «pillar un bus» o «pediros a vosotros» que me pasaran la tapa de la barra. Manolo Vieira decía que un conocido suyo tuvo que llevar a la niña a un pedagogo después de un fin de semana en Salamanca. Es que es hasta difícil, de repente, ponerte a soltar «eses» silbantes, con lo fácil que es no distinguir la «z» de la «s» y lo bien que suena. Para un canario, mantener cada «s» perfectamente audible durante una conversación larga requiere una atención consciente, casi teatral. El otro día, Juanito «el molleja», que estudió en la Universidad Europea que está en Madrid, la de pinta y colorea, llegó de la capital del Reino diciendo que «extrañaba lo majos que eran los canarios». Hasta ese punto de ignominia llega el asunto este que, repito, jamás entenderé. Espero que no sea por vergüenza y sea más bien por falta de personalidad, pero lo cierto es que esta situación se repite mucho. Sin ir más lejos, me quedé atónito cuando me enteré que un locutor de radio muy conocido, creo que se llama Karim Herrero, era de Fuerteventura. Yo pensé que era de un pueblo profundo de la sierra madrileña. Un nivel pro de peninsular avanzado llevado a los más altos estándares de la perfección castiza. Lo mismo ocurre con actores o actrices que llevan años trabajando en Madrid y que han mutado de una forma sorprendente hacia un castellano cortesano. Ana Guerra o Kira Miró son casos claros del síndrome de la pérdida del seseo. Podrían ser perfectamente de Ciudad Lineal o de Carabanchel y no pasaría absolutamente nada. Y es aquí donde entra el paradigma: Quevedo. El cantante grancanario supone uno de los pocos bastiones de la defensa del acento y de la canariedad fuera de las islas. No intenta parecerse al español peninsular joven estándar. Un chico de Las Palmas que siempre hace gala de su tierra. Eso hay que aplaudirlo. Y lo fascinante es que el fenómeno rara vez ocurre al revés. Uno no escucha a madrileños utilizando expresiones o canarismos de forma natural por vivir un año en las islas. El peninsular coloniza acústicamente sin darse cuenta. En Madrid, muchos actores, cantantes o presentadores entienden que neutralizar el acento abre puertas. Durante décadas, en televisión y radio se vendió la idea de que existía una forma correcta de hablar español: la castellano-centrista. Todo lo demás eran acentos. Muchos artistas canarios aprendieron pronto esa lección. Pero reducirlo solo a la presión laboral sería injusto. Hay algo más profundo: el eterno complejo atlántico. Algunos se han convertido en expertos a la hora de modularse según la persona que escuche. Cambiamos el tono en la península igual que muchos lo cambian en una entrevista de trabajo o cuando llaman a una compañía telefónica. El acento se convierte en ascensor social. A mí me gustaría que los artistas canarios fueran como Pedro Guerra o Valeria Castro. Sencillos, tan de ellos y tan canarios. Sin exageraciones, simplemente ellos mismos.

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