Opinión | El recorte
Incendiar las calles

El presidente Pedro Sánchez durante la rueda de prensa en Moncloa. / Chema Moya / Efe
Puedes perder cuatro partidos seguidos y seguir creyendo que vas a ganar la liga. Es lo que se vive en los vestuarios de La Moncloa, donde se respira la moral del Alcoyano, que perdiendo siete a cero pidió cinco minutos de prórroga confiando en levantar el partido.
Cuatro elecciones autonómicas han concluido arrojando unos resultados demoledores para el socialismo. El bloque de las derechas crece. Y los electores, además, han decidido que Vox tenga un papel determinante. Para poder gobernar el PP tendrá que asumir parte del programa de la derecha más dura. La gran derrotada en esta España polarizada es la moderación. Ese es el logro «histórico» de Sánchez, con sus momias desenterradas y sus alianzas paranormales. Un legado tan imperecedero como trastornado.
Cuando un equipo entra en una racha de derrotas se suele cambiar al entrenador. O se fichan nuevos jugadores. No es el caso. Pedro Sánchez no parece dispuesto a cambiarse a sí mismo para liberar a su partido del desgaste en el que le ha metido su gestión. Y no existe ningún cambio milagroso de ministros que consiga alterar la deriva política: un gobierno que no tiene mayorías parlamentarias, que lleva cuatro años sin presupuestos generales del Estado y que sobrevive a base de ocurrencias mediáticas y a la defensiva.
El demoledor auto de imputación de José Luis Rodríguez Zapatero se interpreta en la derecha como el hundimiento del Sanchismo. ¡Animalitos! La capacidad intelectual de los conservadores está a la altura de la empatía de sus portavoces, semejante a la de un choco. Pedro Sánchez es un superviviente que se ha mostrado capaz de canibalizar sus dos manos derechas como si se comiera un pincho de tortilla. Aguantará el desastre de Zapatero como el de Ábalos, Cerdán y Koldo, como el de su fiscal, su hermano y su mujer. Aguantará lo que le echen, como el capitán Acab persiguiendo la ballena blanca que vive más allá de las urnas. Porque sabe que no puede ganar este partido, solo estirar el tiempo. Y seguir en el poder del Estado, para defenderse con él.
Lo peor es que su estrategia nos aboca a la inestabilidad y a la debilidad institucional. Y su plan, para que Vox devore la mayoría del PP y para que los independentismos de izquierdas se alimenten de las escorias del PSOE, dirige el país hacia el abismo bipolar. Cualquier precio merece la pena por la supervivencia.
El socialismo, a pesar de Sánchez, es insumergible. El PSOE no se hundirá y Zapatero no es su santabárbara. Quienes han unido su suerte a la del Sanchismo saben ya, porque no son tontos, que van a perder el poder. Están preparando otro escenario. El de la calle. El de la oposición a sangre y fuego a un Gobierno donde ellos mismos, con su cerrilismo, habrán colocado a la ultraderecha. Será la España incendiada, que un día fue democrática.
Enfrentado a todo y a todos, incluida a la verdad, Sánchez resistirá. Mientras ministros, cargos del partido y familiares van cayendo en los dientes de la trituradora judicial, el demacrado prisionero del Reich esperará en el búnker a que todo se consume o a que ocurra un milagro. Que Trump invada Ceuta y Melilla. Que empiece la tercera guerra mundial. Algo, lo que sea, que le saque de un callejón sin más salida que el caos.
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