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Opinión | El recorte

Ciervo herido

José Luis Rodríguez Zapatero, en una imagen de archivo.

José Luis Rodríguez Zapatero, en una imagen de archivo. / José Luis Roca

Diría Félix Rodríguez de la Fuente, el inolvidable amante de los animales, que los ratones nadadores y los ciervos son mamíferos que comparten diferentes hábitats. Menos en Disneylandia, donde conviven apaciblemente Mickey Mouse y Bambi.

La factoría de relatos y argumentarios de Moncloa –la más prestigiosa editorial de ficción de este país– terminó hace muy poco de fabricar desternillantes relatos sobre simpáticas ratas nadadoras canarias. Pero no van a tener ni un segundo de descanso. Ahora tendrán que ponerse a la ingrata faena de defender al expresidente José Luis Rodríguez Zapatero, empitonado por la sala cuarta de la Audiencia Nacional con lo que parece una grave cornada en la taleguilla.

El líder del ‘clan de la ceja’ ha sido citado a declarar como investigado a comienzos de junio. Se le acusa de blanqueo de capitales, integración en organización criminal, tráfico de influencias y falsedad documental. O sea, un cuadro. Ayer mismo estaba la policía registrando la sede de su despacho y la empresa de sus hijas. Es la primera vez que se imputa a un expresidente del Gobierno de España. Aunque tal vez no sea la última.

La manera de guisar a una rana sin que se dé cuenta es ponerla en agua templada y subir lentamente la temperatura hasta el punto de ebullición, momento en que el bicho ya estará fiambre. No sé en qué punto se encuentra la ciudadanía de este país, pero si el agua no está ya hirviendo le falta poco. Los escándalos del pasado, que le costaron el Gobierno a Rajoy, han dado paso a un penoso espectáculo, que ya es imposible ignorar.

Ni con la fe del carbonero se puede negar la aplastante evidencia de que eso que llamamos Sanchismo se está yendo al carajo. En la reputación, antes que en las urnas. Un exministro y secretario de Organización del PSOE, José Luis Ábalos, en el banquillo, acompañado de un asesor que tuteaba a los presidentes autonómicos y les sacaba perras para una trama de empresarios corruptos que se forraron de la peor manera y en el peor momento. Otro secretario de Organización, Santos Cerdán, que ya pasó por el talego y está en espera de juicio. Un fiscal general del Estado condenado por intervenir indebidamente en la guerra sucia política entre Sánchez y Ayuso. Una militante socialista encausada por labores de fontanería en las cloacas intentando conseguir información sensible de jueces, fiscales y policías hostiles a Moncloa. Un hermano imputado, que no fue capaz de decir en dónde estaba el despacho donde cobraba un sueldo público. Una esposa imputada porque el juez considera que se aprovechó de su papel institucional en su propio beneficio. ¿Qué faltaba en este bodegón de naturaleza muerta?

Él, claro. El cervatillo asustado que se convirtió en el mejor aliado de Pedro Sánchez. El expresidente que se hizo íntimo de la dictadura venezolana. Ese del que tal vez un día diga Sánchez que «apenas le conocía». Que se ponía a su lado en los mítines para salir en las fotos. Porque a fuerza de desconocer a todos los que conocía, un día Sánchez ya no se conocerá ni a sí mismo.

La «pieza de caza mayor» –un ministro debe ser una coña– se tambalea. Pero apaguen las antorchas. Que este país es de primero quemar y luego juzgar. Las acusaciones no son pruebas. Ni aquí, ni en la China.

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