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Opinión | El recorte

Geografía extrapeninsular

El expresidente, José María Aznar.

El expresidente, José María Aznar.

Más o menos hacia mediados de los noventa, cuando José María Aznar era candidato del PP en la oposición, durante el último gobierno de Felipe González -que en su gloria antisanchista esté- vino por Tenerife, en una de esas visitas de turné preelectoral. El partido se le estaba desmigajando en Gran Canaria, con fugas de concejales en Las Palmas, y se acercó para meter las cabras y los cabrones en el corral.

Por aquel entonces Aznar ya apuntaba sus prepotentes maneras. En medio de un programa en directo en la Antena 3 Televisión de Lito Mesa, líder absoluta de audiencia en las islas, se adentró en el peligroso territorio de dar lecciones de canariedad a los periodistas de Las Islas que le estaban entrevistando. Consiguió irritarles hasta el punto que les llenó la cachimba. Y uno de ellos, con extremada mala leche, le indicó -recuerden que era en directo- que ya que sabía tanto de lo que estaba pasando en Canarias, hasta el punto de darle lecciones a los propios canarios, seguramente sabría los nombres de las siete islas. ¿Podría decir esos nombres?, le cuestionó. Al líder del PP se le vino un sudor frío. Se descompuso, empezó a tartamudear y no pudo balbucear más que el nombre de Tenerife (donde estaba) y “Palma”, no se sabe si refiriéndose a la isla Bonita o a la capital de Mallorca. O sea, un desastre. En el primer descanso, un airado Aznar se fue a retocar el maquillaje y ya no volvió.

La última crisis vírica, con el desembarco de los virreyes de Madrid, me recordó el despiporre de quienes desgobiernan la España Peninsular cuando tienen que moverse por la ultraperiferia macaronésica. Uno de los últimos insignes visitantes, el ministro de Interior, Grande Marlaska, se enredó en su día de mala manera con el nombre del muelle de Arguineguín, que no era capaz de pronunciar ni a martillazos, cuando la crisis de los cayucos lo convirtió en una vergüenza mundial mientras Moncloa miraba para los cerros de Úbeda.

En esta crisis del hantavirus, en nuestra muy querida y lejana peninsulandia se han superado a sí mismos. Confundir el puerto de Granadilla con la Granadilla o la Granadina, a la presidenta del Cabildo con la alcaldesa de Tenerife y a Las Palmas de Gran Canaria con Palma de Mallorca, es toda una plusmarca de ignorancia para esas autoridades de un Estado que se difumina cuando sale de La Castellana. Porque el Estado, al fin y al cabo, es un gigantesco ombligo que acaba a las afueras de Madrid, donde comienzan el País Vasco y el País de Cataluña. Lo demás es terra ignota.

Es verdad que los ciudadanos actuales desconocen la geografía. No solo la ajena, también la propia. La ignorancia de los jóvenes canarios sobre su tierra es antológica. Y seguramente será mucho mayor si se les cuestiona por el territorio peninsular. Pero un ministro está obligado a informarse mejor, porque no es un ciudadano cualquiera. Sobre todo cuando va a un lugar concreto. Cuando se supone que podría documentarse mínimamente para no hacer el ridículo.En estos tiempos agitados parece que ya no hay tiempo para nada. Los medios y los políticos somos un océano de conocimiento de un milímetro de profundidad. Salimos de hacer un máster sobre las microalgas y ya estamos con los ríos de magma de un volcán para pasar, acto seguido, a la incierta amenaza de un virus andino. Oímos sin escuchar a los expertos y hasta somos capaces de pontificar sobre las PCR sin saber distinguir un ciclo de un triciclo y la polimerasa de la guasacaca. ¡Qué más da! En el circo solo se exige entretener al público.

Pero lo más divertido fueron unas declaraciones de la ministra de Sanidad, Mónica García, que tuvo a bien presumir de cómo España está preparada para todo. Tanto que, fíjense ustedes qué previsores, habían realizado hacia solo un mes un simulacro de respuesta ante un barco que llegaba a puerto en territorio español con una infección contagiosa a bordo. Lo malo es que aseguró que el simulacro se había hecho en Las Palmas cuando realmente se hizo en Palma de Mallorca. Una pequeña diferencia, ¿no les parece? A Canarias traen los virus y a Baleares los simulacros.

Lo más curioso es que en ese operativo, según la prensa balear, funcionó una “cogobernanza” que no se aplicó en Canarias. La crisis sanitaria la cogestionaron el delegado del Gobierno, Alfonso Rodríguez, y la consellera de Sanidad balear, Manuela García. Y los responsables de todo el despliegue de más de 150 personas fueron Pablo Gárrit, director general de Emergencias del Govern de las Islas Baleares, y Miguel Dávali, subdirector adjunto de Sanidad Exterior. Todos en fraternal concordia.

¿Qué fue distinto? El hecho diferencial entre el simulacro de allí y la realidad de aquí fueron las cámaras de televisión de medio mundo, que vinieron a Tenerife. Cuando se encienden los focos, los ministros se convierten en estrellas. Aunque sean fugaces. «Es la publicidad, estúpidos», como habría sentenciado aquel asesor de Clinton.

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