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Opinión | Observatorio

José Miguel González Hernández

El reto

iagen pymes v2 1

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La reacción de la población ante la máquina de vapor como la sustitución del caballo por el vehículo a motor no fue ni homogénea ni lineal. En ambos casos se mezclaron sensaciones de asombro, desconfianza, miedo económico y, con el tiempo, adaptación pragmática. Cuando se introdujeron dichas innovaciones, una parte importante de la población trabajadora experimentó una sensación de amenaza directa sobre su modo de vida. Muchos oficios y formas de producción tradicionales se vieron desplazados por la mecanización. Esto generó ansiedad por la pérdida de empleo que veían cómo las máquinas podían producir más rápido y de forma más barata. Pero al mismo tiempo, también existía fascinación. Las máquinas representaban poder, velocidad y progreso técnico donde la tecnología no se percibía como neutral, sino como un fenómeno que redistribuía poder económico.

En estos momentos, nuestra nueva máquina de vapor o caballo se personifica en la inteligencia artificial, la cual está transformando de manera profunda el mercado laboral. En este caso, además, no se trata de un cambio marginal ni de una simple mejora de productividad, sino de una reconfiguración estructural que afecta tanto a la naturaleza del trabajo como a la distribución del empleo entre sectores y tipos de ocupaciones, donde se sea capaz de hacer lo mismo en menos tiempo o, incluso, hacerlo mejor. En este caso, a quien haya cogido por sorpresa decirle que la adopción de las innovaciones tecnológicas no ocurre de forma instantánea, sino que se desarrolla a lo largo de un periodo prolongado que podría extenderse aproximadamente una década otra cosa es que nos hayamos enterado o no. Otra cosa es que se haya estado de espaldas. Este carácter gradual es importante porque permite que parte del ajuste se produzca de manera progresiva, evitando un choque inmediato en el empleo, aunque no elimina el efecto acumulado sobre la composición del mercado laboral. Pero no os engañemos, porque, en este proceso de transición, una proporción relevante de la población trabajadora podría experimentar desplazamiento o cambios sustanciales en sus funciones.

El impacto no es ni será uniforme entre sectores. Las actividades más expuestas serán aquellas que están basadas en el procesamiento de información, la generación de contenidos y la prestación de servicios cognitivos estandarizados. Esto incluye funciones dentro de la consultoría sin valor añadido, la atención al cliente, el diseño gráfico, la redacción de textos, el análisis básico de datos y determinadas tareas administrativas. En estos casos, la inteligencia artificial actúa como sustituto parcial de tareas específicas, más que como reemplazo completo de profesiones enteras. De hecho, uno de los rasgos más relevantes de esta transformación es que no se produce una eliminación masiva de ocupaciones, sino una reconfiguración interna del trabajo. Muchas profesiones no desaparecerán, pero sí cambiarán de forma sustancial en su contenido. Las tareas más rutinarias o repetitivas tienden a automatizarse, mientras que la población trabajadora se desplaza hacia funciones de supervisión, interpretación, coordinación y toma de decisiones. Esto implica un cambio en el tipo de habilidades demandadas, con mayor énfasis en la capacidad de trabajar con sistemas tecnológicos, integrar información compleja y aportar criterio humano en contextos automatizados.

En términos macroeconómicos, este proceso puede generar un aumento transitorio del desempleo durante la fase de ajuste. Este incremento sería moderado en un escenario de adopción gradual, pero podría ser más significativo si la implantación de la tecnología se acelera de forma abrupta. La clave reside en la velocidad con la que las empresas y la sociedad incorporan la inteligencia artificial a sus procesos productivos, ya que de ello depende la capacidad del mercado laboral para absorber a los trabajadores desplazados.

La historia económica muestra que los procesos de innovación tecnológica suelen seguir un patrón similar donde primero se produce una fase de disrupción en la que ciertos empleos se ven afectados, seguida de un periodo de adaptación en el que surgen nuevas ocupaciones y se reorganiza la estructura productiva. La inteligencia artificial encaja en este patrón, aunque con la particularidad de que su impacto potencial es más amplio, ya que no se limita a lugares y sectores concretos, o a tareas manuales o repetitivas, sino que alcanza también actividades cognitivas de alto valor añadido en cualquier lugar del mundo.

Al mismo tiempo que se producen estos desplazamientos, también se generan nuevas oportunidades laborales. Una parte de la creación de empleo proviene directamente del desarrollo y mantenimiento de sistemas, lo que incluye perfiles técnicos especializados en programación, entrenamiento de modelos, supervisión algorítmica y gestión de datos. Este conjunto de actividades requiere una combinación de conocimientos en matemáticas, estadística, informática y comprensión de procesos empresariales. Otro vector importante de creación de empleo está asociado a la expansión de infraestructuras necesarias para sostener esta tecnología. El crecimiento de centros de datos, redes de alta capacidad y sistemas de procesamiento intensivo de información impulsa la demanda de ingenieros, técnicos especializados y trabajadores vinculados a la construcción y el mantenimiento de estas instalaciones. Este tipo de inversión tiene un efecto multiplicador sobre el empleo en sectores industriales y energéticos.

¿Y todo esto para qué? Pues para experimentar un aumento de la productividad general. Si las empresas producen más con los mismos recursos, los ingresos tienden a aumentar, lo que a su vez incrementa la demanda de bienes y servicios. Este fenómeno puede traducirse en la creación de empleo en sectores menos automatizables, como la sanidad, la educación, los servicios personales o el ocio, donde la interacción humana sigue siendo un componente esencial, así como en aquellos otros sectores en donde la persona siga siendo crucial. El resultado de estos movimientos simultáneos es una transformación de la estructura del mercado laboral. Se refuerza la tendencia hacia una mayor polarización, en la que la población altamente cualificada vinculada a la tecnología y a la gestión de sistemas complejos tienden a mejorar su posición relativa, mientras que las personas que están en ocupaciones intermedias basadas en tareas cognitivas repetitivas pueden enfrentar mayores presiones. Esta dinámica puede amplificar diferencias salariales y reordenar la distribución del ingreso dentro de la economía.

El impacto final dependerá de tres variables fundamentales. La primera es la velocidad de adopción, que determinará si el ajuste laboral es gradual o abrupto. La segunda es la capacidad para reciclar habilidades y adaptarnos a nuevas funciones dentro de la economía digital. La tercera es la respuesta institucional, en forma de políticas educativas, de formación y de protección durante los periodos de transición. En conjunto, la inteligencia artificial no debe interpretarse como un fenómeno que simplemente destruye empleo, sino como un proceso de reorganización profunda del trabajo. Su efecto neto no está predeterminado, sino que dependerá de cómo se gestione la transición. Puede dar lugar a una economía más productiva y con mayores oportunidades, pero también a mayores tensiones distributivas si el ajuste no se produce de manera ordenada. La cuestión central, entonces, es saber qué significa vivir en un mundo donde cada vez más aspectos de la existencia están mediados, anticipados o ejecutados por sistemas no humanos, y si en ese proceso el ser humano conserva o pierde su capacidad de dar forma significativa a su propia existencia. Ese es el verdadero reto.

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