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Opinión | A babor

Lemus no ha cerrado

Rótulo de la Librería Lemus, rescatado por Ínsula Signa

Rótulo de la Librería Lemus, rescatado por Ínsula Signa / Ínsula Signa

Una información publicada en estas mismas páginas el pasado jueves daba por cerrada la Librería Lemus, de La Laguna. Se trata de un error. Lemus sigue abierta. Paco Lemus sigue detrás del mostrador. Siguen entrando estudiantes a buscar manuales imposibles, profesores a encargar libros especializados y lectores de los de antes a perder el tiempo entre estanterías, que sigue siendo hoy una forma sublime de perder el tiempo.

Lo que le ha pasado a Lemus es que estos últimos años ha ido encogiendo. Como he encogido yo –con la excepción de mi barriga– o como encoge el número de personas que compran periódicos, como encoge con el paso del tiempo el catálogo de amigos vivos o las ansias e intereses de la juventud. Tras la muerte de Nicolás, Lemus cerró unas de sus sucursales, y más tarde la librería inicial. Aquel diminuto local de esquina, en donde arrancó la historia de Lemus hace 54 años.

En este medio siglo La Laguna cambió, la universidad cambió y cambió también la forma en que nos relacionamos con los libros. Pero Lemus resiste invicta y próspera en la Avenida de la Trinidad, pegada al costado del edificio central de la Universidad, como una suerte de anomalía en un mundo que ya no cree demasiado en los libros. Quizá por eso algunos amigos y clientes –vienen a ser los mismos– creyeron verosímil que Lemus podía haber cerrado. Y no es así. Paco Lemus no va a permitir nunca que eso ocurra, quizá porque la librería es la historia de su familia, es su vida y es su compromiso con una ciudad que adora.

Es cierto que las grandes librerías históricas van cerrando una detrás de otra, igual que desaparecen los viejos cines, las ferreterías de barrio o los bares donde aún se podía discutir de fútbol o política sin acabar a botellazos, como ahora en Twitter. Habrá quien piense que Lemus pertenece a una época pasada, pero no es cierto. Lemus nació en 1973, cuando España aún vivía los coletazos de un franquismo decadente y tardío, en el que vender según que libros era una actividad más bien sospechosa. La Laguna era entonces una ciudad universitaria mucho más pequeña, más pobre y más politizada, en la que la librería Lemus era un refugio intelectual. En aquellos años, las librerías universitarias no eran sólo comercios que dispensaban libros. Eran también lugares de conspiración civilizada, sitios donde se podía encontrar un libro de Marx detrás del mostrador, una edición prohibida de Neruda o un ensayo político importado de América Latina. En Lemus, en Jarama, en El Águila se compraban libros y se hablaba de literatura, pero también de democracia, de autonomía, del pasado y desde luego del futuro. La trastienda de las librerías españolas precipitó la Transición.

Los Lemus entendieron pronto que vender libros era también una forma de intervenir en la vida pública. Y eso explica probablemente que la familia terminara vinculándose no sólo al comercio librero, sino también al mundo intelectual e historiográfico canario. Nicolás fue historiador además de editor y librero. Porque Lemus es también una pequeña editorial canaria. Una de esas aventuras discretas que permiten publicar investigaciones locales, autores isleños, rescates históricos o libros improbables que jamás interesarían a las grandes cadenas comerciales. Y Paco Lemus ha mantenido durante más de medio siglo esa tradición familiar de activismo, de resistencia cultural tranquila y persistente.

A veces uno sospecha que las librerías históricas sobreviven gracias a una mezcla de romanticismo, tozudez y una cierta incapacidad de sus dueños para rendirse y abdicar. Porque el verdadero milagro de esta librería ejemplar en tantos sentidos no es solo sobrevivir a Amazon y al texto digital, que ya sería bastante mérito. El milagro es haber sobrevivido a la desaparición progresiva de un ecosistema cultural que hacía posible que hubiera lugares así. Hoy, La Laguna ya no es exactamente aquella ciudad universitaria hervidero de pasiones y sueños de los setenta y los ochenta. Los estudiantes viven de otra manera, leen de otra manera y compran de otra manera. Muchos manuales universitarios han emigrado al PDF pirata. Las grandes plataformas venden más barato. Los alquileres expulsan negocios históricos. Y las redes sociales han conseguido que la gente opine campanudamente sobre libros que no ha leído ni jamás leerá.

Y justo ahí en medio, Lemus sigue tozudamente abierta.

Quizá por eso la idea de su cierre nos produjo a tantos una melancolía inmediata. Muchos sentimos que con Lemus desaparecía algo más que un negocio: una parte muy reconocible de la memoria intelectual y sentimental de la isla. Porque hay rincones de ciudad y pedazos de vida que forman parte de nuestro paisaje moral. Aunque uno ya no los visite todas las semanas, aunque se compren menos libros que antes. Saber que Lemus sigue ahí produce una agradable sensación de seguridad. Es como comprobar que todavía continúa en pie una vieja casa de la familia.

Por eso conviene aclararlo: Lemus no ha cerrado. Gracias a Dios. Y menos mal.

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