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Opinión | El recorte

El domingo andaluz

María Jesús Montero, durante el mitin del PSOE en la localidad malagueña de Cártama. |

María Jesús Montero, durante el mitin del PSOE en la localidad malagueña de Cártama. | / ÁLEX ZEA

Los gritos de familiares de guardias civiles dirigidos esta semana contra el ministro del Interior, Grande Marlaska, evocaron los insultos a las autoridades del Gobierno en los entierros de policías y militares asesinados por ETA. La ira de la gente por las víctimas de los terroristas vascos –que más tarde cambiaron las pistolas por los micrófonos– se desbordaba en las exequias a las que obligada y resignadamente acudían los presidentes y ministros del gobierno de turno, para aguantar a pie firme el amargo chaparrón de rabia e impotencia.

En todo fin de ciclo se suelen acumular los errores. De igual forma que al comienzo de una época de triunfo la suerte sopla imparable en las velas y hagas lo que hagas todo sale bien, cuando se aproxima el final es como si te hubiese mirado un tuerto. El corolario de Murphy se despliega en todo su esplendor y siempre que se decide entre dos opciones se termina eligiendo la peor.

El ministro Grande Marlaska decidió sumarse al desembarco centralista en Canarias para salir en la exitosa foto de la operación de evacuación de pasajeros del Hondius. Venirse al circo sanitario impidió que estuviera en donde parecía obligatoria su presencia: el funeral de dos guardias civiles muertos en acto de servicio en la accidentada persecución de unos narcos. El cabreo en los cuerpos y fuerzas de Seguridad del Estado está alcanzando niveles estratosféricos. No les han reconocido como profesión de riesgo –porque supone unos evidentes costos presupuestarios– y se han atendido sus reclamaciones para contar con mejores medios para enfrentarse a una delincuencia que a veces les supera en recursos. El rostro de Marlaska sorprendido por los abucheos en la jura de bandera de nuevos guardias civiles, en Jaén, fue la crónica de la impotencia y el estupor de un fin de una época.

A dos días de la cuarta derrota socialista en unas elecciones autonómicas, en Andalucía, se puede afirmar, sin faltar a la verdad, que la candidata socialista María Jesús Montero ha tenido un durísimo adversario en esta campaña: María Jesús Montero. Empezó sus meteduras de pata con una declaración en la que, sin falsa modestia, se presentaba como la mujer con mayor poder de la democracia que, no obstante, había decidido dejarlo para presentarse a unas elecciones autonómicas. Sus palabras sentaron como un tiro de escopeta a los andaluces. Hace solo unos días calificó la muerte de los dos guardias civiles como «accidente laboral» y a pesar de haber intentado rectificar la metedura de pata podría pasarle factura. Entre unas cosas y otras, lo que antes se anticipaba como una derrota se puede convertir en una debacle electoral y en el socialismo se ha pasado de la esperanza al miedo. A intentar evitar un batacazo que lleve al partido a los infiernos.

Los resultados que probablemente se produzcan este domingo en Andalucía serán el cuarto aviso que las partes mandan al todo. El Sanchismo avanza imparable, de derrota en derrota, hacia la derrota final. Se esfuma la esperanza de que pase algo que lo cambie todo. Incluso en la orquesta del Titanic, la corte de fieles que unieron su destino al del presidente saben ya que el barco se hunde. Eso explica que se tomaran tan a pecho lo de las ratas nadadoras.

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