Opinión | Claroscuro
Saray Encinoso
Bienestar en pastillas

Blísteres de pastillas.
Magnesio quelado para el sistema nervioso, vitamina D para los huesos y las defensas, probióticos para la flora intestinal, omega 3 para el cerebro y el corazón, triptófano para el ánimo y melatonina para conciliar el sueño. No recuerdo cuándo empecé a coleccionar suplementos, pero desde hace tiempo tengo un estante en la cocina repleto de botes que prometen mejorarme la vida. Todos llegaron a casa por recomendación de amigas, médicos, influencers. Sin embargo, con los días fui olvidando sus supuestas propiedades milagrosas y acabaron amontonados. Los miro y sé que probablemente volverán a tener su época dorada, cuando retome el hábito de tomarlos y atribuya su falta de efecto a mi escasa constancia. Pero en el fondo intuyo que mientras mi madre y mi abuela intentaban mejorar su salud con lentejas, mandarinas y sol, yo intento compensar en el herbolario y la farmacia la vida acelerada que llevo.
No tenemos tiempo para hacer de comer ni para descansar, pero nuestras ciudades están plagadas de establecimientos de comida preparada y de clínicas dedicadas al bienestar donde darnos masajes o someternos a tratamientos para la piel. Se han multiplicado las aplicaciones para el móvil que nos animan a cumplir los diez mil pasos diarios recomendados, las que registran nuestra presión arterial y las que contabilizan la calidad de nuestro sueño. Nos monitorizamos hasta el absurdo y hemos convertido el autocuidado en otra forma de autoexigencia. Si no cumplimos con esos estándares mínimos sentimos que hemos fracasado en algo más. Es curioso, porque a pesar de que vivimos evaluando constantemente nuestro bienestar, hay algo que somos incapaces de medir: el impacto en nuestra mente y en nuestro cuerpo de no hacer nada productivo durante un rato. No conozco mejor retinol para combatir el envejecimiento que descansar y dejar de sobrepensar, ni mejor antiarrugas que no tener tareas pendientes ni objetivos que alcanzar.
Aun así, soy consciente de que la ciencia ha avanzado enormemente desde la época de mi madre y mi abuela y de que, igual que el consumo diario de huevo pasó de estar demonizado a considerarse recomendable, también existen suplementos que pueden mejorar nuestra salud. El problema es que difícilmente lo harán si no sabemos cuáles necesitamos realmente, si no cambiamos nuestros hábitos y si olvidamos que hay recetas antiguas que siguen siendo tan válidas hoy como entonces: descansar bien, alimentarnos de forma equilibrada, mover el cuerpo, aburrirnos un poco, perder el tiempo.
La industria del bienestar nos proporciona una falsa sensación de control. Creemos que podemos cuidarnos e incluso rendir más a base de pastillas, pero el cuerpo no descansa o mejora su funcionamiento por tragar cápsulas si la cabeza sigue funcionando a toda velocidad. A veces tengo la sensación de que mi cuerpo se ha convertido en algo que debo gestionar con pócimas mágicas para continuar siendo productiva y que cuando llega el momento de no serlo, pero sí de cuidar, apenas me quedan fuerzas.
No sé cuál es la mejor manera de gestionar el ritmo que llevamos, pero ahora que la vida se ha vuelto tan distópica, a veces me descubro preguntándome qué pasaría si existiera una pastilla que funcionara como el chip que tienen implantados los protagonistas de la serie Severance y que crea una frontera absoluta entre la vida laboral y la personal. Entrar al trabajo y olvidar quién eres fuera de él. Salir y no recordar en qué has invertido todas esas horas del día.
La idea me parece impensable porque nuestra identidad es una mezcla de todo aquello a lo que dedicamos atención. Pero también porque la vida laboral ya no es solo el tiempo que pasamos sentadas frente al ordenador, en una visita u organizando un acto. El trabajo se extiende mucho más allá, por razones conocidas, pero también porque nosotras mismas hemos terminado convirtiendo cada gesto, e incluso nuestro propio cuerpo, en una tarea de la que extraer rendimiento.
Muchas veces, cuando alguien me pregunta qué hago el fin de semana, respondo «nada». Miento. Cuando terminan mis días libres descubro que he preparado alguna receta nueva, he salido a cenar, he leído algunos capítulos más de una novela de Delphine de Vigan, he ido al gimnasio, he paseado por el parque mientras escucho un podcast y miro las jacarandas, he escrito un artículo, he visto una película. Pero podría no haber hecho nada de eso. Quizá ahí resida lo mejor del fin de semana, en no tener planes. Porque ya apenas queda un rincón de nuestra existencia que no hayamos planificado, medido y optimizado hasta el exceso.
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