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Opinión | El recorte

Conquistadores 2.0

Operativa para desembarcar a los pasajeros del 'Hondius' en Tenerife

Operativa para desembarcar a los pasajeros del 'Hondius' en Tenerife

Caían las oscuras sombras de la noche en las costas de Abona cuando la adelantada de Castilla, Mónica García y Benítez de Lugo, acompañada de Ángel Víctor el Converso, pasó por delante de los apoquinados jefecillos aborígenes para dirigirse, como polillas políticas, hacia los focos de las televisiones españolas e internacionales concentradas en el puerto. Fue un momento de gloria mediática de los ministros candidatos. Un spot electoral impagable. Un frenesí reputacional.

Lo que no consiguieron decenas de miles de africanos famélicos, que arribaron a las costas de Canarias, lo lograron esta semana los pudientes pasajeros de un crucero que, después de rebotar por todo el Atlántico, acabó fondeando en las plácidas aguas de un puerto que nadie quería. Un despliegue sanitario nunca visto para atender a ciento cincuenta personas. Vuelos especiales fletados para llevarles a sus países. Atención psicológica para superar el miedo que masticaban junto a las langostas de la cena. Y focos. Muchos focos.

El enemigo era un virus de tercera. Uno que apenas se contagia. Y menos mal. Porque después de registrarse casos de infección en el barco, unos cuarenta viajeros decidieron darse el piro en mitad de la travesía, lo que, desde el punto de vista del control de epidemias, es una chapuza como quitarse un EPI caminando por la calle. «No se alarmen», aseguraron las autoridades sanitarias, mientras mandaban a tres ministros, un secretario de Estado, un director de la OMS y una docena de aviones y se montaba el mayor operativo sanitario que hemos visto por estos andurriales.

Al presidente de Valencia, Mazón, cuando cayó un diluvio que mató a más de doscientas personas, le dijeron que era su problema. Que la sagrada autonomía le obligaba a él a enfrentarse a la catástrofe y a dejarse de Ventorros. En el caso de Canarias, los castellanos desembarcaron para apartar a codazos a los responsables del Menceyato. A la autonomía de las Islas se le aplicó un 155 sanitario en todo el bebes. Los ministros de Madrid llegaron, tomaron posesión del poder, se pusieron delante de las cámaras y a tomar por saco.

Cuando el Gobierno canario, con Ángel Víctor Torres a la cabeza, puso en cuarentena a más de mil personas, en un hotel del Sur de Tenerife, no se vio por la isla a ningún ministro godo que viniera a dirigir la crisis sanitaria. Supongo que lo habría echado a patadas el mismo político que hoy es capaz de venir a su tierra para pisotear el respeto a su autonomía. Ojalá hubiera venido toda esa insigne tropa cuando en el muelle de Arguineguín -que el ministro Marlaska era incapaz de citar debidamente- se amontonaron más de dos mil migrantes en condiciones infrahumanas. Pero por aquel entonces, desafortunadamente, la ola de benefactora solidaridad no había llegado ni a los carcañales de Moncloa.

El operativo sanitario ha sido excepcional. Es de esperar que acabe sin que se produzca ningún incidente. Pero la puntual invasión de los ministros que plantaron sus reales en Tenerife para imponer su autoridad es un inolvidable desprecio. Si han hecho aquí lo que no se atreverían a hacer en ningún otro sitio es, simplemente, porque nos lo hemos ganado a pulso. Somos los cabestros de la corrida. Y punto pelota.

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