Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Reflexión

Pedro Afonso

Canarias: el hogar como empresa invisible

Lingotes y monedas de oro.

Lingotes y monedas de oro. / EP

Hay una conversación que Canarias sigue evitando. Se habla de salarios, de precios, de vivienda. Todo eso importa, pero no es el núcleo del problema. El núcleo es otro: las familias operan como economías poco eficientes en un entorno donde ya no hay margen para la ineficiencia. Y eso, aunque no se diga, tiene consecuencias profundas.

La estructura de ingresos en Canarias es conocida, pero no suficientemente asumida: Dependencia del salario, concentración en sectores de bajo valor añadido y escasa generación de rentas de capital. No es solo una cuestión de cuánto se gana, sino de cómo se gana. Y sobre todo, de lo poco que se escala. Esto configura un modelo donde el ingreso crece lento, pero el coste de vida no espera.

Cuando más de la mitad del gasto familiar se va en vivienda, alimentación y transporte, el margen desaparece. No es una sensación: es matemática. El problema no es solo el nivel de gasto, sino su rigidez: Costes difíciles de reducir, alta exposición a inflación y baja capacidad de ajuste sin deterioro del bienestar. En ese contexto, cualquier subida de precios no es una molestia. Es un golpe directo a la estabilidad. Aquí está el punto crítico.

Se sigue entendiendo el hogar como un espacio de consumo: ingresos que entran, gastos que salen. Pero, un hogar es, en realidad, una unidad económica compleja: Consume energía, gestiona recursos, organiza procesos (alimentación, movilidad, tiempo) y toma decisiones de inversión (aunque no las llame así). En otras palabras: un hogar es una pequeña empresa que no se gestiona como tal. Y ahí es donde se pierde eficiencia, todos los meses, sin ruido.

Canarias tiene una ventaja estructural evidente en energía: sol y viento. Sin embargo, la penetración del autoconsumo sigue siendo limitada. Se mantiene un modelo donde: los costes de producción insular son caros, se depende de sistemas poco eficientes y se pospone la inversión que reduciría el coste estructural.

No es solo una cuestión ambiental. Es una cuestión de competitividad doméstica.

En un territorio insular, el agua nunca es un recurso trivial. Y, sin embargo, su gestión en los hogares rara vez responde a criterios de eficiencia. Pequeñas ineficiencias sostenidas en el tiempo generan costes acumulativos que nadie mide, pero todos pagan junto a las mermas de su producción.

El coche no es un lujo en Canarias. Es una necesidad. Pero necesidad no significa eficiencia. Debemos seguir trabajando para mejorar trayectos no optimizados, parque de vehículos envejecido y falta de desarrollo en materia de movilidad pública suficiente.

El resultado es un gasto estructural elevado que se asume como inevitable, cuando en parte es gestionable.

La diferencia no está solo en ganar más. Canarias tiene limitaciones estructurales en ingresos. Eso no va a cambiar rápido sin mejorar la productividad. Pero hay algo que sí puede cambiar antes: Cómo se gestiona lo que ya se tiene.

La diferencia entre una familia que resiste y una que avanza no suele estar solo en cuánto ingresa, sino en cómo organiza su sistema económico interno. En un entorno exigente, eso deja de ser una opción. Pasa a ser una ventaja competitiva.

Silenciosa, sí. Pero decisiva.

Tracking Pixel Contents