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Opinión | Retiro lo escrito

Cooperación y buena educación

Mónica García, durante la rueda de prensa del pasado día 6, donde informó sobre el hantavirus.

Mónica García, durante la rueda de prensa del pasado día 6, donde informó sobre el hantavirus. / José Luis Roca

Los protocolos sanitarios están perfectamente definidos y ordenados en el caso de una crisis en la salud pública. Los protocolos políticos y político-administrativos, en cambio, no tanto. Lo más preocupante de la crisis abierta por el brote de hantavirus en el buque holandés, que hoy fondeará frente al puerto de Granadilla, es esta pringosa atmósfera de confusión, falsos automatismos y enfrentamientos partidistas y fulanístico en la que se ha envuelto. Todavía más asombrosamente destaca el afán sordomundo del Ministerio de Sanidad por apropiarse exclusivamente la gestión de la crisis.

La pandemia del covid costó a España más de 100.000 muertos y un impacto feroz aunque breve en la actividad económica, pero al parecer se ha aprendido muy poco. Y basta ya de repetir la obviedad de que no pueden compararse ambas situaciones. No se trata de comparar los resultados, sino el modelo de acción y los instrumentos de gestión.

A finales del annus horribilis de 2020 el todavía ministro de Sanidad, Salvador Illa, aseguró que pronto se crearía la Agencia Estatal de Salud Pública, «diseñada para la vigilancia, preparación y respuesta ante epidemias y emergencias sanitarias». Cinco años y medio después el proyecto sigue en un cajón. La culpa no es exclusivamente del Gobierno de Pedro Sánchez. El texto que crea la AESP fue aprobado por unanimidad en la Comisión de Sanidad del Congreso de los Diputados. Pero cuando se sometió a votación en el pleno de la Cámara Baja, en marzo de 2025, la propuesta fue rechazada con los votos del PP, Vox y Junts per Catalunya. Los conservadores pisotearon la AESP porque no se les concedió votar otra cosa ese día, los oligofrénicos de la ultraderecha porque eso no sería más que un chiringuito para enchufar a amigotes y familiares, los independentistas catalanes, porque ya tendría su país su propia Agencia de Salud Pública. El PSOE no lo ha vuelto a intentar porque en el año transcurrido la muy frágil mayoría parlamentaria que invistió a Sánchez en 2023 ha saltado por los aires. Un instrumento que el mismo Pedro Sánchez calificó como «indispensable» para reaccionar «en tiempo y forma y con las máximas garantías de coordinación y eficacia» todavía no existe seis años después de la pandemia que llevó a encerrarse a toda España y permitió el Gobierno central–por cierto – desarrollar una gobernanza a veces fuera de la legalidad.

La gestión de una alarma sanitaria, en un Estado cuasifederalizado como el español, no puede plantearse en clave madrileña. El Gobierno central debe incluir sistemáticamente en los comités de emergencia interadministrativos a representantes de las comunidades autónomas, aunque sea por el modestísimo hecho de que la sanidad pública está transferida desde los años noventa. Lo que no puede tolerarse son trapacerías como las que hemos visto en este caso, cuando incluso se han querido hacer pasar llamadas o respuestas telefónicas de cortesía como información operativa. Tal parece que Canarias, como comunidad autónoma, es un mero campo de operaciones, y que cualquier pregunta, duda o reserva de sus autoridades constituya una prueba de insania, de maldad, o de voluntad de sembrar el terror. Me temo que si un barco con un brote de infección vírica como esta llegara a Cataluña por voluntad del Gobierno central, JxC y ERC serían bastante más agresivos que CC, y estoy seguro de que Sánchez, la ministra de Sanidad y hasta el último cargo del PSOE se cuidarían mucho de reprocharles nada.

Un tuit emitido a última hora de la tarde de ayer por Mónica García ilustra de nuevo la percepción ministerial : «Mañana me desplazaré a Tenerife junto al ministro del Interior y al director de la Organización Mundial de la Salud para coordinar desde el puesto de mando el dispositivo activado por la llagada del MV Hondius al puerto de Granadilla». Ni una mención a las autoridades canarias que, por supuesto, no tienen lugar reservado en el pinturero puesto de mando. Es una actitud rarísima para refrendar el respeto institucional, por no hablar, simplemente, de la buena educación.

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