Opinión | NOTAS DEL MÓVIL
Apaga el móvil y ve a acostarte

El crucero neerlandés MV Hondius, fotografiado el 4 de mayo frente a la costa de la ciudad de Praia, en la isla de Santiago, Cabo Verde, después de que tres personas murieran a bordo a causa de un síndrome respiratorio agudo. La Organización Mundial de la Salud (OMS) informó de un caso confirmado y cinco casos adicionales sospechosos de infección por hantavirus en el buque que navega por el Océano Atlántico. EFE/EPA/ELTON MONTEIRO / ELTON MONTEIRO / EFE
Los comentarios en las redes sociales de un periódico nunca son bonitos. Es rara la ocasión en la que puedes deslizar el dedo más allá de la imagen y encontrarte en las interacciones amabilidad, comprensión o un mínimo respeto a la hora de manifestar una opinión. Estos comentarios se agravan cuando hay una cara que señalar, una voz, una personificación del tema en la que depositar la rabia. Y salirse de la normatividad o ir un poco más allá de lo esperado, se convierten ya en grandes agravantes de ese discurso de odio.
Siento que hemos perdido el norte cuando hablamos de entendernos. La tecnología ha creado una barrera que pesa más que el lenguaje para evitar, bajo cualquier circunstancia, que nos comuniquemos y que profundicemos en la realidad del otro. Estamos frustrados, y con razón, con lo que nos pasa, con lo que pasa en este mundo cada vez más violento e inestable, y hemos aprendido a depositar toda esa rabia bajo un nombre de usuario inventado, un párrafo con muchos errores ortográficos y un comentario de mal gusto. Hemos aprendido a descargar la rabia con un solo clic, mientras nuestros ojos se iluminan de satisfacción a la vez que nos ciega la luz del móvil en contraste con la oscuridad de nuestra habitación un martes por la noche.
Si a esto le añadimos que nos informamos principalmente a través de las redes, a través del post de X que subió “nosequien que es experto en el tema” o a través del reel que subió alguien cuya bio de Instagram pone: “divulgador de tema x”, podemos entender que concebimos lo que pasa a nuestro alrededor, nos “informamos”, a través de ese prisma de odio y de rabia.
La información que nos llega del mundo a diario es una locura, sí, pero no es eso lo que nos da rabia. Lo que nos da rabia es lo que nos pasa a nosotros, lo que nos frustra antes de dormir, lo que nos pasó, no lo superamos y nos hierve la sangre. Sentimos cómo se nos calientan las venas, cómo nos tiemblan las manos, cómo se nos aguan los ojos, cómo nos concentramos demasiado en el ritmo al que respiramos hasta que ya no podemos hacerlo, hasta que ya no nos llega el aire. Así que decidimos que, antes de lidiar con todo eso, es más fácil comentar, insultar y ofender.
Creo que hay muchos matices a la hora de valorar situaciones como el embarque del MV Hondius en Tenerife. Matices que la mayoría no nos preocupamos por entender, por profundizar en ellos, o por simplemente valorarlos. Nuestras “opiniones” pesan más que esos matices, nuestra rabia tiene más derecho a encontrar un hueco que la mera simpatía. No podemos funcionar como el intento de sociedad que creemos que somos si nuestra primera reacción ante un grupo de personas que necesita ayuda, y se nos ha confirmado que se hará lo posible porque esa ayuda no nos perjudique, sea el rechazo, el odio, el desprecio y el señalamiento de culpables.
No nos cabe en la cabeza la angustia, la incertidumbre y el sufrimiento ajeno hasta que realmente nos roza de cerca. Nos llenamos la boca con frases de paz, versículos de la biblia y de “juntos como hermanos, miembros de una iglesia” hasta que alguien realmente necesita ayuda y ofrecerla nos incomoda. La rabia aquí no está enfocada a que realmente nos preocupe que el virus se esparza, que pueda haber otra pandemia, que peligre nuestra salud. La rabia está enfocada a “por qué nadie me ayuda a mí”. Y es entendible, la situación es insostenible.
Pero no se va a resolver dándonos la espalda los unos a los otros, dejando de ofrecer la mano cuando alguien la necesita, y haciendo caso omiso de cualquier información veraz sobre una circunstancia por la fiel creencia de “solo yo tengo la razón”.
Esto no es ajeno, estos mismos discursos sesgados se dirigen todos los días en cualquier conversación respecto a migrantes, colectivos o personas disidentes. Pero supongo que también es clave abordar estos temas en una columna de opinión cuando el discurso va sobre europeos en peligro. Quizás así esta vez el discurso cuaje un poquito mejor. Quizás así podemos hacer un mínimo caso y seguir construyendo la fantasía cristiana de que nos importa el prójimo.
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