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Opinión | El recorte

La muy humanitaria Moncloa

Fernando Clavijo (i) y Pedro Sánchez durante un encuentro que mantuvieron en 2023.

Fernando Clavijo (i) y Pedro Sánchez durante un encuentro que mantuvieron en 2023. / Efe

En el país de Nunca Jamás, el presidente del Gobierno de España habría llamado al de Canarias para decirle: «Oye. Hay ciento cincuenta personas en un crucero y un brote de un jodido virus que ya se ha cargado a tres pasajeros. Nadie quiere saber nada de ellos. Ni Cabo Verde. Ni Marruecos. Ni siquiera Países Bajos, de donde es el barco. Así que tenemos que hacernos cargo y hemos pensado en Canarias. Dime qué necesitas y vamos a hacer esto juntos». Pero, claro, eso solo lo haría Pedro Sánchez con Cataluña o el País Vasco. O incluso con Andalucía, a dónde no fue un avión medicalizado, al que prohibieron aterrizar en Marruecos porque transportaba a dos contagiados, que finalmente acabó haciendo escala en Gran Canaria.

Muy compungida, la sincronizada ministerial de Moncloa ha justificado que el barco venga a Tenerife por razones humanitarias. Estaría por creerles si no existiera el precedente del pasotismo con el que maltrataron la crisis migratoria que vivió el Archipiélago. Ese Gobierno, que con autoridad y altanería infinita impone a esta Comunidad el cumplimiento de sus decisiones, es el mismo que se mostró incapaz de imponer a las restantes comunidades autónomas peninsulares la acogida solidaria de algunos de los miles de niños africanos inmigrantes hacinados en estas Islas. El resto de España miró para otro lado. El muy humanitario Gobierno Peninsular también.

Salvo que haya sufrido una desconocida mutación, el hantavirus no es un patógeno con una alta tasa de transmisibilidad. No hay que dejarse arrastrar por el miedo. La crisis que estamos viviendo ha escalado en Canarias por la prepotencia de un centralismo incapaz de tratar con respeto a esta tierra. La evacuación de los pasajeros del crucero tiene un riesgo mínimo, aunque alguno de ellos haya desarrollado síntomas de contagio en la travesía hasta Tenerife.

Es cierto que hay noticias preocupantes. Hoy se investiga por posible infección a dos personas que jamás estuvieron en el crucero, pero sí en contacto –en un avión– con una de las pasajeras contagiadas, que finalmente murió. Y el número de afectados en el propio barco es ya lo suficientemente importante como para entender que esta cepa de hantavirus sí que pasa de persona a persona, si no se toman precauciones.

Las normas ante un foco epidémico son muy claras. En este caso se han cometido errores de bulto, como permitir que unos cuarenta viajeros abandonaran el crucero en la isla de Santa Elena para viajar en avión a otros destinos. Y los cambios de opinión de Madrid, que primero no quería saber nada del barco y después nos lo encasquetó a los canarios, han sido escandalosos.

Dicho esto, tenemos el deber de auxiliar a esas personas. Un deber que, por lo visto, no tienen ni Marruecos ni Cabo Verde. Pero resulta estomagante que Madrid intente dar lecciones de solidaridad a los canarios, que se han partido el alma, en absoluta soledad, para atender dignamente a oleadas de inmigrantes africanos contagiados del virus de la pobreza. Es una pena que los miles de cadáveres que yacen en el fondo del Atlántico no puedan leer, con sus blancos ojos, velados por la muerte, las humanitarias declaraciones del Gobierno Peninsular. Llorarían con amargas lágrimas saladas. De la risa.

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