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Opinión | Tal cual

Tú haces como que gobiernas y nosotros hacemos como que nos lo creemos

El presidente del gobierno, Pedro Sánchez.

El presidente del gobierno, Pedro Sánchez. / Eduardo Parra - Europa Press

Desde hace dos mil quinientos años cuando en Grecia se fraguó el término democracia hemos aceptado y entendido, desde un punto de vista conceptual, lo que está bien y lo que está mal o no funciona en un gobierno que se proclama democrático pero cuya forma de gobernar dista mucho de lo que entendemos por democracia.

España es un ejemplo de ello. Tenemos un gobierno cuyo presidente no cuenta con los apoyos parlamentarios suficientes para aprobar leyes, por lo que vive de espaldas a las Cortes –el 12 de marzo pasado se cumplieron dos años sin pisar el Senado–, y cuando acude a las sesiones de control del Parlamento, no contesta a las preguntas que se le formulan, despreciando a la oposición y, por extensión, a los parlamentarios que representan al conjunto de los ciudadanos que los votaron.

Por otra parte, lleva tres años incumpliendo la Constitución cuyo artículo 134.3 establece de forma clara que el Gobierno deberá presentar los Presupuestos Generales del Estado, independientemente de que se los aprueben o no. Y esa es la cuestión: no los presenta porque no quiere que se los echen para atrás y sufra una nueva derrota parlamentaria, aun más sangrante que las más de cien que ya ha sufrido en esta legislatura.

Además, el presidente, y por extensión, el gobierno, está rodeado de casos de corrupción: el caso Begoña Gómez, su mujer; el caso Koldo, donde aparece el antiguo portero de club nocturno y ascendido a asesor del ministro de Transportes, y donde están implicados, además, el exsecretario de Organización del partido y exministro José Luis Ábalos y altos cargos de su ministerio; el caso David Sánchez, el hermano del presidente; la condena al fiscal general del Estado; la supuesta financiación irregular del PSOE… Y aquí nos detenemos, aunque se podría seguir citando casos que, en cualquier otro país democrático de nuestro entorno, parecerían inverosímil, ya que por cualquier asunto de los citados anteriormente un primer ministro con dignidad democrática ya habría dimitido hace tiempo.

Pero a nuestro presidente, no solo lo acosa la corrupción económica sino también la política: logró el poder gracias a los siete votos de un prófugo de la justicia a cambio del cambalache de la amnistía; pactó con los herederos de ETA y está dispuesto a ceder y a entregar a los nacionalistas que lo apoyan lo que haga falta con tal de seguir en el poder. Además de haber colonizado las instituciones hasta el punto de provocar una falla estructural que conduce de manera preocupante al deterioro e imperfección de nuestra joven democracia.

A esto se puede sumar el debilitamiento estructural del sistema democrático ante la falta absoluta de asunción de responsabilidades políticas. No hay que olvidar que la rendición de cuentas por los actos cometidos por ellos o por sus subordinados, y la aceptación de las consecuencias de dichos actos, se deben acometer, bien con la dimisión o con el cese por parte del responsable superior.

Podemos citar, como ejemplo, el apagón general que sufrió la Península –del que ahora se cumple un año–, o el reciente y trágico accidente de trenes en Adamuz, en el que murieron cuarenta y seis personas. En ambos casos, no se conocen oficialmente las causas y por las que nadie ha asumido responsabilidad política alguna.

Podemos decir, sin tratar de ser tremendistas, que vivimos, o más bien padecemos, una democracia defectuosa donde las actuaciones del presidente del gobierno –por mucho que lo ignore la izquierda populista y el «equipo de opinión sincronizada»– se encaminan hacia un autoritarismo personalista que intenta reescribir las reglas del juego político en pleno partido, construyendo muros, avivando el guerracivilismo, imponiendo un lenguaje violento para intentar inclinar el terreno de juego en contra de la oposición.

No olvidemos que en una democracia débil es donde arraigan las políticas de exclusión del adversario, hasta convertirlo en enemigo, y por tanto polarizando la sociedad superando las diferencias políticas para convertirlas en conflicto social, racial y cultural. Y nos damos cuenta de ello cuando se reconocen ciertas señales de advertencia como impedir o burlarse de la palabra del adversario, intentar negar su legitimidad, tolerar o ignorar la violencia contra el rival, o cuando se intenta controlar al poder judicial y, de camino, recortar libertades y derechos, incluidos los de los medios de comunicación.

En resumen, en España actualmente Sánchez hace como que gobierna y nosotros, los españoles de a pie, hacemos como que nos lo creemos, y así vamos.

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