Opinión | La parada
Roberto García Sánchez
La dignidad de estar

La dignidad de estar / El Día
Vivimos en una época extrañamente incapaz de tolerar el dolor ajeno, no porque no lo vea –lo ve, lo registra, lo comenta, lo exhibe incluso–, sino porque no sabe permanecer ante él. Hemos aprendido a reaccionar, pero no a acompañar; a responder, pero no a sostener; a intervenir, pero no a estar. Y, sin embargo, hay momentos en la vida en los que ninguna palabra repara, ningún consejo alivia y ninguna solución alcanza. Hay instantes en los que lo único verdaderamente necesario es una presencia.
Estar. Solo eso. Estar de verdad. Parece poco, pero no hay gesto más difícil ni más profundamente humano. Nos han educado en la compulsión de la utilidad, donde todo debe servir para algo, producir un efecto, resolver un problema, justificar su existencia en términos de eficacia. También el consuelo. Ante el sufrimiento ajeno sentimos la urgencia de decir algo oportuno, de encontrar la frase justa, de aliviar con palabras lo que a menudo no admite lenguaje. Nos precipitamos hacia el consejo, hacia la explicación, hacia esa forma sutil de defensa que consiste en convertir el dolor del otro en un problema que gestionar. Queremos arreglar lo que duele, quizá porque no soportamos la impotencia de no poder hacerlo desaparecer.
Pero hay dolores que no se arreglan, se atraviesan, y, en ese tránsito, lo que salva no es la elocuencia, sino la compañía. Hay una forma de presencia que no necesita imponerse, no exige respuestas, no invade, no interpreta, no intenta domesticar el sufrimiento ni convertirlo en una lección, se limita a ofrecer algo mucho más raro: permanencia. La disposición humilde de no huir cuando el otro se quiebra. La capacidad de no retirarse ante lo incómodo. El valor silencioso de permanecer cuando no hay nada brillante que decir.
Eso, que parece mínimo, es en realidad inmenso. Porque cuando alguien sufre no siempre necesita comprensión, a veces necesita simplemente no estar solo dentro de lo que le ocurre y esa diferencia es decisiva. Comprender puede ser un acto intelectual, acompañar es, antes que nada, un acto moral. Supone aceptar que no todo dolor puede explicarse, pero sí puede compartirse, que no siempre podemos aliviar la herida, pero sí evitar que quien la padece tenga además que cargar con la intemperie.
Hay una forma particularmente cruel de soledad que no consiste en no tener a nadie, sino en sufrir sin testigos. En atravesar el miedo, la pérdida o la tristeza en un espacio donde nadie permanece lo suficiente como para sostener el peso de lo que ocurre. Esa es, quizá, una de las formas más hondas del abandono, no la ausencia física, sino la incapacidad de presencia.
Porque no toda cercanía acompaña. Se puede estar cerca y no estar, se puede hablar mucho y no decir nada, se puede ofrecer ayuda y, sin embargo, imponer distancia. Hay presencias que invaden y ausencias que, al menos, no exigen nada. Acompañar no es ocupar el espacio del otro con nuestra necesidad de intervenir, es saber habitarlo con delicadeza, es comprender que hay silencios que no piden ser llenados, sino respetados.
No todo silencio es vacío, a veces es la forma más alta del cuidado. Hay un consuelo discreto en la compañía silenciosa, una especie de lenguaje anterior a las palabras, más sobrio y más exacto, que se expresa en una mano que no se retira, en alguien que se sienta al lado y no apresura el tiempo, en una presencia que no exige conversación para justificar su permanencia. Hay afectos que se dicen mejor sin retórica, sin solemnidad, sin el ruido de las frases innecesarias.
Quien ha sufrido de verdad lo sabe. Sabe que en ciertos días el mundo se vuelve inhabitable y que entonces no hace falta un discurso, sino una silla ocupada al lado. Sabe que hay tristezas que no buscan explicación, solo compañía. Sabe que, en determinados dolores, la pregunta más importante no es «¿qué puedo decir?», sino «¿puedo quedarme?».
Y quedarse no siempre es cómodo, exige renunciar al protagonismo que a veces encierra la ayuda, exige aceptar que no seremos salvadores, ni solucionadores, ni autores de ninguna reparación visible. Exige una forma de modestia emocional poco frecuente, la de comprender que nuestra tarea no es resolver el dolor del otro, sino no dejarlo solo mientras lo atraviesa.
Hay una grandeza callada en ese gesto, una ética de la presencia que no busca reconocimiento porque no produce escenas memorables ni frases dignas de ser recordadas. No tiene épica. No luce. No puede exhibirse con facilidad porque su valor no está en lo que hace, sino en lo que sostiene. Ahora bien, pocas cosas son más decisivas en una vida que haber sido acompañado con dignidad en un momento de derrumbe.
Todos recordamos –o terminamos recordando– menos lo que nos dijeron que quién se quedó, quién no intentó corregir nuestra tristeza, quién no exigió que estuviéramos mejor para poder permanecer, quién no convirtió nuestro dolor en una incomodidad que resolver deprisa, quién tuvo la delicadeza de no huir.
Eso, muchas veces, deja una marca más honda que cualquier discurso, tal vez porque en el fondo todos sabemos que ser acompañado es una de las formas más puras de ser reconocido. Que alguien permanezca cuando uno está roto encierra una afirmación silenciosa pero radical: sigues siendo digno de presencia incluso aquí, incluso así, incluso en tu peor momento.
¿Existe gesto más reparador?
Frente a una cultura que glorifica la productividad, la velocidad y la respuesta inmediata, convendría reivindicar el valor profundamente humano de la mera presencia. Recordar que no todo vínculo se demuestra haciendo, que no toda ayuda consiste en intervenir, que no todo amor necesita traducirse en palabras. A veces amar es sentarse al lado; a veces cuidar es no irse; a veces sostener consiste, simplemente, en permanecer.
Esto es una ofrenda para los que no están y un mensaje para los que se quedan.
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