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Opinión

Regular hasta destruir

Involucionar a través de la burocracia

Involucionar a través de la burocracia

Es muy famosa y repetida la frase de Tácito, “Corruptissima republica plurimae leges”. escrita hace casi dos mil años, que conserva una vigencia incómoda, cuanto más corrupto es un Estado, más numerosas son las leyes.

No se trata de una simple crítica al exceso legislativo. La reflexión del historiador romano apunta a algo mucho más profundo, cuando un sistema político empieza a degradarse, su respuesta no suele ser mejorar su funcionamiento, simplificar procesos o confiar en la capacidad de sus ciudadanos. Hace exactamente lo contrario, multiplica normas, reglamentos, requisitos, permisos, controles y prohibiciones, es decir, sustituye la eficacia por la burocracia y la libertad por la sospecha permanente, especialmente hacia el empresario o empresaria.

Un Estado sano establece unas reglas claras, pocas y estables, para garantizar la convivencia y proteger derechos. Un Estado enfermo, en cambio, legisla sin descanso. Produce normas como quien fabrica cortinas de humo. Cada problema genera una nueva ley, cada ineficiencia se tapa con un nuevo procedimiento, cada fracaso administrativo se disfraza bajo una nueva regulación. Mientras tanto, quienes verdaderamente crean riqueza, a saber, emprendedores, autónomos, pequeños empresarios, profesionales de todos los ámbitos económicos, se ven atrapados en un laberinto administrativo cada vez más asfixiante, creando un espacio vivencial sin oxígeno.

La escena se repite una y otra vez. Un ciudadano tiene una idea, detecta una oportunidad, quiere invertir, contratar, innovar o simplemente trabajar. Pero antes de dar el primer paso debe enfrentarse a licencias, certificados, declaraciones responsables, informes técnicos, tasas, inspecciones, plazos inciertos y normativas cambiantes que parecen diseñadas no para ordenar la actividad, sino para desanimarla.

Lo más preocupante es que esta maraña normativa suele presentarse como progreso, modernización o garantía de derechos. Se reviste de lenguaje técnico, de supuestas buenas intenciones y de una retórica paternalista según la cual toda nueva restricción existe “por nuestro bien”. Es la famosa disculpa de la seguridad jurídica, argumentario del típico empleado público, empoderado y reyezuelo, que la emplea para no hacer nada. Pero la realidad suele ser otra. Cuanto más compleja es una normativa, más poder concentra quien la interpreta. Cuantas más trabas existen, más margen hay para la arbitrariedad. Y cuanto más depende el ciudadano del visto bueno de la Administración Pública, más se debilita su autonomía.

La hipertrofia legal rara vez perjudica a las grandes estructuras ya instaladas, que cuentan con departamentos jurídicos, asesores y recursos para navegarla. Quien verdaderamente sufre es el ciudadano común, el pequeño creador de riqueza, el que arriesga su patrimonio y su tiempo para sacar adelante un proyecto. La abundancia de leyes no suele ser síntoma de orden, sino de desconfianza institucional hacia la sociedad.

Tácito entendió algo esencial, cuando el poder deja de servir al ciudadano, empieza a blindarse frente a él y una de sus herramientas favoritas es la proliferación normativa. Una sociedad próspera no necesita que le pongan constantemente obstáculos “por precaución”. Necesita una verdadera seguridad jurídica, que significa sencillez y simplificación, además de estabilidad, reglas comprensibles y Administraciones Públicas que faciliten en lugar de entorpecer.

La proliferación desmedida de leyes, normas y reglamentos ha creado un laberinto burocrático donde todo se complica y casi nada fluye. En lugar de facilitar la actividad económica y social, el exceso normativo paraliza decisiones, retrasa proyectos y genera inseguridad jurídica. Este entramado otorga un poder desproporcionado a políticos y funcionarios, que interpretan, autorizan o bloquean según criterios muchas veces arbitrarios, demasiado personalismo. El ciudadano y la empresa quedan atrapados en trámites interminables, mientras la eficiencia se diluye. Menos leyes, pero más claras y aplicables, sería el camino para recuperar agilidad, responsabilidad y verdadero servicio público.

Porque allí donde el talento, la iniciativa y el esfuerzo deben abrirse paso entre montañas de papel, ordenadores, sellos y autorizaciones, no florece la prosperidad, florece la dependencia y con ella, la decadencia.

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