Opinión | NOTAS DEL MÓVIL
Hablar de más

Una mujer hablando. / Shutterstock
Hay veces que siento que vomito las palabras. Primero empiezo a sentir cómo me duele la barriga, cómo me quema. Me quema con muchos pensamientos que he tenido pero que no dije, que quizás debí decir y otros que están mejor entre jugos gástricos. Luego empiezo a sentir cómo me arde el esófago. Me arde con la necesidad de decir y encontrarles un lugar a todos esos pensamientos desarmados, amorfos, incompletos y abandonados. Por último, lo vomito todo. Me convenzo de que mejor fuera que dentro, dentro me pudre, me hace daño, así que lo suelto sin pensarlo, sin repetirme cada palabra, cada frase, para confirmar que está todo bien. Da igual si lo está, no aguanto las palabras en mi boca, me duele.
En ocasiones es divertido poder decir y decir sin parar. Se siente como jugar a un puzle sin seguir la referencia y que las piezas encajen a la primera. Esas suelen ser las veces en las que lo que digo se recibe bien: la gente se ríe, aclama mi historia, me piden más. Es como si esa retroalimentación tan positiva agravase las náuseas, me diera más arcadas. Esas veces vomito hasta la bilis.
Sin embargo, hay veces en las que me doy cuenta de que haberlo dejado dentro hubiese sido una mejor opción. Ese silencio. Esos ojos en la cara del resto, horrorizados por lo que acabas de soltar sin pensarlo dos veces. Hay ocasiones, claro, donde tienen razón, donde las palabras tomaron forma de pequeñas navajas dirigidas a la yugular del que tengo de frente. En esos casos siento cómo se me duerme el cuerpo, cómo se me nubla la vista y no escucho del todo bien, cómo se me forma un vacío en el pecho que me hunde poco a poco, arrepentido de, simplemente, no haberme callado la boca.
También ocurre que muchas veces lo que digo simplemente no tiene sentido. Las palabras no encuentran forma al salir de mi boca, demostrando que mis expectativas de que mágicamente resultasen en algo inteligente eran inútiles. Esto ocurre como resultado de rellenar un silencio que incomoda. De buscar romper una calma que solo me pone más nervioso. El resultado: un silencio aún más incómodo y una angustia aún peor de llevar.
Me gustaría pensar que no solo yo hablo sin pensar. Que no solo yo me guardo tanto las cosas que debí haber dicho y que un día explotan en un desastre maloliente que luego hay que recoger. Que todos tenemos esos pequeños momentos en los que, simplemente, no podemos evitar hablar de más, decir de más.
A mí esto me ha pasado siempre. Tengo muchas anécdotas, pero creo que contarlas sería pecar de escribir de más, además de ya haber dicho de más. Pero de niño se me tachó varias veces de impertinente, cuando simplemente creo que era honesto. Quizás por eso empecé a guardarme un poco más las cosas y, al no saber cómo escupirlas poquito a poco, ahora las vomito de golpe cuando menos me lo espero.
Quizás la solución es empezar a escribir más estos pensamientos desordenados en vez de dejar que salgan corriendo por mis dientes. Aunque quién dice que no se pueden vomitar también los textos. Para ejemplo, un botón.
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