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Opinión | Observatorio

Saray Encinoso

Sin futuro y sin relato

El bienestar se impone y aumenta el rechazo al ascenso laboral

El bienestar se impone y aumenta el rechazo al ascenso laboral / EUROPA PRESS

Mi padre pasó más de treinta años haciendo el mismo trabajo. Aprobó sus oposiciones y, aunque fue ocupando distintos puestos, el miedo a perder el empleo nunca fue una constante en su vida. Cada día salía a la misma hora y volvía a casa para almorzar. En la generación anterior de mi familia las trayectorias eran aún más estables. Mi abuelo paterno ejerció como practicante en el sur de la isla desde que llegó a Los Cristianos, recién titulado. Allí se casó con mi abuela y nunca se fue. En Lanzarote, mi otro abuelo abrió una dulcería con su hermano y de ese pequeño negocio vivieron toda la vida. Sus historias no eran singulares, formaban parte del paisaje de una época.

A mí me quedan unos veinticinco años de vida laboral. He estado contratada en cinco empresas y he expedido facturas a otras tantas con las que he colaborado. He aceptado oportunidades que no me interesaban por miedo a desaparecer del escaparate laboral. He dicho que sí cuando habría preferido decir no. Y he dejado de disfrutar de lo que hacía, muchas veces atrapada en la rueda de la productividad y la simultaneidad de tareas, sin darme cuenta de que no estaba eligiendo, sino reaccionando a lo que se esperaba de mí. A veces, aunque sea de forma puntual, también he sido capaz de bajarme de esa cinta transportadora imaginaria y pedir una excedencia para irme a estudiar fuera o rechazar un trabajo mejor porque en ese momento no quería asumir su coste.

El panorama laboral siempre ha mutado. En la época de mis abuelos, y en parte aún en la de mi padre, la vida profesional era, hasta cierto punto, previsible; uno sabía en qué iba a trabajar y esa previsibilidad daba una serie de certezas. Entrabas, ascendías, te jubilabas.

No se trata de idealizar ese modelo. Aquella estabilidad convivía con otras realidades: más desempleo, trabajos precarios, falta de horizontes, derechos laborales mucho más limitados para una parte importante de la población.

Pero, aunque no conviene mirar con nostalgia hacia un pasado tan imperfecto, lo que vino después no fue simplemente más libertad. La fragmentación del recorrido laboral se interpretó al principio como más y mejores posibilidades y, sin embargo, en muchos casos fue más una adaptación forzada a la inestabilidad que una elección. Hoy el problema no es solo que cueste progresar o que el ascensor profesional se haya averiado, es que muchas personas ya no quieren asumir más responsabilidad. Ser jefe ha dejado de ser una aspiración.

Las organizaciones empresariales dicen que faltan profesionales o que no encuentran líderes. A mí me parece que en realidad estamos en medio de un cambio profundo en el que el trabajo ha dejado de prometer estabilidad, vivienda, tiempo, vida plena. Y si ya no nos da un futuro, ¿por qué dedicarle tantas horas?

Tengo la sensación de que mi generación creció con una forma muy concreta de presentarse –«soy periodista», «soy abogada», «soy profesora»– que está llegando a su fin. La identidad ya no cabe en una profesión. A muchos jóvenes les cuesta acceder a su primer empleo y nunca logran estabilidad. Los itinerarios no son ascendentes ni responden a la lógica con la que llegamos al mundo laboral. No solo cambiamos de empleo, sino que migramos a otras profesiones. Hemos sustituido el verbo ser por el verbo estar.

No creo que el problema sea la falta de esfuerzo de toda una generación –me pregunto qué abuelos no pensaron que sus nietos perseguían las prioridades equivocadas–, sino que la responsabilidad y el compromiso se están reconfigurando en un contexto en el que el trabajo ya no ocupa el lugar central de nuestras vidas.

Durante mucho tiempo, nuestra narración siguió el esquema típico: planteamiento, nudo y desenlace. Estas fases se encadenaban y cada uno de nosotros tenía cierto margen para dibujar parte del camino que recorrería. Si estudiabas, conseguías un buen puesto. Si te esforzabas, escalabas en el organigrama de la empresa.

Esos nexos causales se rompieron y ya no llegamos a sentirnos del todo protagonistas de nuestras vidas porque percibimos que cada vez sujetamos menos las riendas. Podemos hablar de crisis de valores, de chicos y chicas superficiales que solo quieren ir a conciertos y viajar a Tailandia, pero lo que nos ocurre a los jóvenes y a los que no lo somos tanto es que nos han robado el relato. Y necesitamos contarnos nuestra propia historia para seguir avanzando y salir del presente continuo al que nos han desterrado.

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