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Opinión | Un carrusel vacío

Marina Casado

Marina Casado

Profesora, Dra. en Literatura española. Premios de poesía: Carmen Conde, León Felipe, Paul Beckett.

Dobles vidas

Dobles vidas

Dobles vidas / El Día

No me da miedo viajar en avión, pero tampoco puedo decir que se trate de una experiencia especialmente agradable para mí. En concreto, el momento del despegue me acelera el corazón de manera irremediable. El otro día, en un vuelo de Barcelona a Madrid, intentaba ignorar la información que daban por altavoz – «retraso por condiciones climatológicas adversas, turbulencias en la zona de Lérida…»– y me distraje mirando disimuladamente la conversación de Whatsapp del pasajero de delante, ya que se veía desde el huequito que quedaba entre las sillas.

Desde atrás, no podía distinguir el aspecto de aquel hombre, solo que tenía barba y parecía relativamente joven. Lo llamaré «Tomás» desde ahora. Chateaba con otro hombre cuyas iniciales eran «R.H.»: una conversación juguetona, cariñosa, en la que acababa confesándole que «lo quería mucho». Hasta ahí, todo normal. Sin embargo, la respuesta de R.H. a aquella tierna declaración fue algo parecido a «Ayer ya te dije todo lo que te tenía que decir respecto a eso y no voy a entrar más en el tema. Ya nos veremos si vuelves por aquí». Entonces, Tomás le respondió: «¿Esa es nuestra relación? Vaya relación de mierda». La situación había dado un giro inesperado tras el cual no pude evitar compadecerme de Tomás, el enamorado sin esperanza.

Sin embargo, este cambió de conversación y escribió a una mujer, «N», un mensaje que me dejó helada: «Llego pronto a casa, mi amor». Lo que había comenzado como una distracción se convirtió de pronto en una especie de telenovela turca. A continuación, Tomás escribió a otro hombre, «M.G.»: «Hola, guapetón». Después despegamos y terminó mi entretenimiento.

Tras el aterrizaje, me fijé atentamente en Tomás: cuarenta y pico; un estilo arreglado, pero informal; barbita a la moda, ojos azules. Lo acompañaba un hombre de su edad con un estilo similar. ¿Compañeros de trabajo, tal vez? Camino a la salida, iban hablando sobre sus respectivas hijas: Tomás comentó algo sobre «la mediana». Es decir, que tenía tres. ¿La madre de sus hijas sería “su amor”, «N»? ¿O sería otra persona distinta? En el caso de Tomás, solo cabían dos interpretaciones: que llevara una relación abierta o que tuviese una doble –o triple, vaya usted a saber– vida. Me dominaba no un afán de cotilleo, sino la curiosidad pura propia de un detective como Philip Marlowe. Aunque esta historia era más propia de Patricia Highsmith.

Confieso que he leído mucho a Highsmith. Uno de sus personajes más célebres, Tom Ripley –ya sabéis a quién homenajea el nombre de «Tomás»–, protagonista de varias novelas, es un maestro de la doble vida. En su primera aparición, en El talento de Mr. Ripley, supera sus apuros económicos haciéndose pasar por un rico heredero al que ha asesinado por cuestiones prácticas. En el cine, lo han interpretado actores de la talla de Alain Delon o Matt Damon; sin embargo, en mi opinión, alcanza mucha más profundidad psicológica la novela. Highsmith es especialista en dejar al lector sin aliento hasta las últimas páginas y hacerlo empatizar con criminales como Ripley.

Siempre que pienso en dobles vidas, me acuerdo de la película dirigida por Eduard Cortés, La vida de nadie (2002), en la que un convincente José Coronado encarnaba a Emilio Barrero, padre de familia, amantísimo esposo y honrado trabajador del Banco de España. Todo en apariencia, claro, porque su vida era una mentira que había hecho creer a sus allegados, y el verdadero banco donde pasaba las mañanas era el de un parque. En determinado momento, un tornillo de la mentira se afloja y se tambalea todo el andamio que ha alimentado durante años.

También están los superhéroes para demostrarnos que llevar una doble vida no tiene por qué ser algo negativo. Y aquí incluiría a todos, desde los que tienen superpoderes como Superman, Batman o Spiderman, hasta los más caseros como El Zorro. De día, Clark Kent, un inofensivo periodista, o el pacífico señorito Diego de la Vega; pero, por la noche… Salir volando al espacio para derrotar villanos o ir marcando zetas con el filo de la espada parecen actividades mucho más emocionantes, sin duda. En el fondo, a todos nos gustaría llevar una doble vida para escapar de la rutina.

Sin embargo, en la realidad las dobles vidas suelen estar basadas en una mentira sostenida por cobardía o egoísmo y que, en algún momento, acaba explotando. Porque, como suele decirse, «las mentiras tienen las patas muy cortas».

La historia incompleta de «Tomás», mi compañero de avión, tal vez me inspire alguna vez para una novela a lo Highsmith. En todo caso, cumplió la admirable función de evitar que me pusiera más nerviosa en el vuelo.

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