Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión

La vida sin cuidados no se sostiene

piel cerebro abrazos

piel cerebro abrazos / Crédito: Natalia Sobolivska en Unsplash.

Una de las grandes estafas de nuestro tiempo es habernos hecho creer que somos independientes y no necesitamos nada de nadie. Es la mentira caníbal que nos ha vendido el neoliberalismo. Esto no va de tener más libertad o poder de decisiones, sino de un creciente aislamiento y una pérdida de redes comunitarias que consumen poco a poco nuestra humanidad social. Dejamos de hacernos favores, ponemos límites a todo lo que nos causa una mínima molestia y ya no nos cuidamos entre nosotras. En su lugar, tratamos de suplir nuestras carencias emocionales comprando, consumiendo y explotando nuestro potencial productivo hasta la extenuación.

¿Quiénes somos sin cuidados? ¿Cómo nos sentimos si no tenemos a alguien para darnos un abrazo? ¿En qué nos convertimos cuando no hay nadie que nos ponga un plato sobre la mesa después de un día duro? Estos son roles que han sido tradicionalmente ocupados por las mujeres; por ello, también se han relegado a trabajos secundarios e invisibles que no merecen atenciones y que, además, no se consideran trabajo. La visión occidental del presente ha instaurado que la virtud se encuentra en la productividad, por lo que ha abandonado unas necesidades que están enraizadas en nuestra misma existencia. Ahí está la paradoja: sin cuidados, la productividad no se sostiene.

Nancy Fraser lo explica muy inteligentemente en su libro Capitalismo caníbal, donde reflexiona que este sistema va extinguiendo esa materia prima –los cuidados– que hace que funcione. De ahí emana el círculo vicioso de crisis económicas, el síndrome de burnout de la clase trabajadora o la incapacidad de muchas personas para sentirse realizadas a pesar de tener lo que a priori se considera un éxito en la vida (trabajo, casa, coche, dinero). La moraleja de esta narrativa es que si estás vacía no es porque te falte el contacto humano, sino porque no te estás exprimiendo lo suficiente.

La comunidad está desarmada, como las piezas de un puzzle esparcidas por el suelo. Lo que mueve a las personas en su día a día es el más puro egoísmo. La violencia al volante, los carritos de la compra dispersos en el aparcamiento del supermercado o negarse a ceder sitios en el transporte público son algunas de esas pinceladas sutiles y gritonas que nos arrojan a la cara todas las pistas que necesitamos.

Estos son síntomas razonables de una sociedad que propulsa el aislamiento, el individualismo y la recompensa inmediata. Todo lo que sea en pro de ayudar al resto y no a una misma se descarta en seguida porque, cada vez más, se nos enseña a priorizar al individuo hedonista. En contra de esa corriente dañina y destructora, lo mejor que podemos hacer es buscar la incomodidad que genera hacer favores y esforzarnos por mantener la empatía, por mucho que pueda resultarnos dolorosa. Parece que se trata de una acción generosa y desinteresada, pero también va en beneficio del individuo a largo plazo. He aquí otro problema del pensamiento neoliberal del momento: es tremendamente cortoplacista.

Por mucho que nos dispersemos, seguimos siendo seres que viven en sociedad y se benefician a diario de una estructura que funciona en red. Todas las actividades que hacemos dependen de otras, pero tampoco hace falta verlo desde arriba para notar que nos hacemos falta. Sin un beso, un caldo caliente cuando enfermamos, unas sábanas limpias cuando tenemos sueño o una sorpresa agradable de alguien que nos quiere, no somos nada.

Tracking Pixel Contents